sábado, 27 de agosto de 2011

DEVUÉLVANME MI VIDA



Devuélvanme mi dolor
Devuélvanme mi heridas
Devuélvame mis mañanas
Y mis atardeceres sin soledad.
Devuélvanme mis tesoros
Abandonados de prisa
Devuélvanme todas esas cosas locas
Que crecieron en mi lluvia.
Benditos sol y luz de luna
Cantando en el árbol de mi infancia
Devuélvanme esos secretos
Que me arrancaron con violencia.
Quítenme éstas multitudes milenarias
Quítenme éste peso
Quítenme éstas señales de guerra
Antes de que sea demasiado tarde.
Llévense éste silencio
Creciendo en mis manos
Llévense éste castillo
Construido en la arena.
Devuélvanme mis sueños
Devuélvanme mi alma
Tómenme de la mano
Y condúzcanme de regreso a mi hogar.
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Imágen de cabecera de Sidsel Welden. Copenhague 1997.
Ilustración del poema por Ian Welden. Copenhague 2011.
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Escuchar la canción "Devuélvanme mi vida" (Give me back my life) por Ian Welden:
http://www.goear.com/listen/b64facd/give-me-back-ian-welden








viernes, 26 de agosto de 2011

UNA BREVE DEMORA



Son las dos de la madrugada
están derribando mi puerta
un tipo pequeño con un pequeño bigotito
y cinco o seis más.

Escondo a mi hijo en la cocina
escondo a mi mujer entre mis manos
puedo ver sus dientes en el ojo avisor
están bebiendo cerveza enlatada.

Gritan el nombre de mi esposa
dicen ser del vecindario
me aseguran que mi hijo es interesante
si acaso les gustaría una roca de crack.

Son ya las cuatro de la madrugada
¡Dios mío me siento desamparado!
los vecinos cierran sus puertas y ventanas
tengo a la policía en el teléfono.

Me van a conectar con "Emergencias"
va a haber una breve demora
primero debo contestar algunas preguntas:
¿"es usted latino, negro o gay?"

"¿Cuales son sus hobbys,
ocupación y dirección electrónica
cómo es su situación tributaria?"
La voz me dice que debo relajarme por favor.

"¿Es usted miembro de algún partido de izquierda?"
Una bota irrumpe en mi hogar.
"¿Qué opina usted acerca de la guerra en Afganistán?"
Un puntapié me derriba de la silla.

Tienen a mi esposa atrapada en la cocina.
Tengo una mano en mi garganta.
El teléfono cae destrozado al piso
un cuchillo aparece de un bolsillo.

Y mientras destruyan nuestro hogar
dicen que ´deben explicarnos:
"Somos víctimas de familias muy pobres",
que en realidad no se les puede culpar.

"Tu mujercita nos calienta
tu hijito también,
los hemos visto en el supermercado,
necesitamos aliviarnos con ellos".

Mi hijo grita desde la cocina
y el que lo aprisiona me hace señas sonriendo.
"Ya! los vamos a llevar a una fiesta,
dejemos a este hijo de puta morir aquí".

Son las seis de la mañana
estoy aquí desangrándome.
La voz en el teléfono sigue haciéndome preguntas:
"¿Ha usted alguna vez simpatizado con la izquierda política?".

Tantos años ya han pasado
jamás volví a ver a mi hijito.
Mi esposa fue encontrada, no quiero hablar de eso.
Aún vivo en el mismo lugar.

El tipo chico un pequeño bigotito
y los cinco o seis o más
se juntan en la esquinas del barrio
y me hacen señas y me sonríen.
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Dibujo de Ian Welden, Copenhague 2005.
Fotografía de cabecera de Ian welden, Valby, Copenhague 2011.
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Escuchar la canción UNA BREVE DEMORA /SMALL DELAY en inglés:
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http://www.goear.com/listen/9622d35/small-delay-ian-welden




martes, 16 de agosto de 2011

SOLEDAD MI AMANTE TRAIDORA

Porque la soledad
con su mortaja totalitaria
se alimenta de mi alma
debo caminar por su sendero.
Ya no existe otro cariño
que su estricto cuero invisible,
y a la hora del amor
me evade con risotadas y mentiras.
Soledad la de la sonrisa falsa
que impone sus necesidades dictatoriales
en mis cansadas noches en vela.
Soledad la de las canciones incoherentes
destrozando mi pequeña radio a polvo lunar
en mis amaneceres sin sentido.
Soledad la del rostro esquivo
horadando sin piedad
mis cansado sexo infértil.
Soledad la de la transtornada celotipia
que me vigila obsesionada
cuando en mis tardes rosadas y solitarias
bebo de la leche de las diosas de Valhala.
Soledad la cruel, la suspicaz,
la adúltera, la traidora,
la poderosa compañera de mi vida.
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Dibujo "La Soledad del animal hombre en la sociedad contemporánea" de Ian Welden.
Copenhague 2005.

domingo, 14 de agosto de 2011

LAS PESADILLAS NUESTRAS DE CADA DÍA




Me desperté por la mañana con una reacción alérgica en la piel. Mi cuerpo estaba reseco y arrugado como la corteza de un viejo roble. Los poros mostraban profundidades de pequeños volcanes a punto de entrar en erupción. Tomé el autobús hacia el consultorio de mi doctora. Multitudes agresivas colmaban la Avenida de los Álamos. Eran las ocho y llovía con saña sobre mi barrio San Gabriel. Debía llegar al sector céntrico de Santa Lucía. Hombres y mujeres jóvenes con maletines de cuero de cocodrilo y rostros iracundos se abrían paso a codazos para llegar a sus escritorios. Uno me abofeteó en el rostro y una mujer hermosísima me escupió porque yo le obstruía la pasada.

Los ciclistas enloquecidos, en uso de sus celulares, atropellaban a niñitos incautos. Estos mismos niños daban puntapiés a los cochecillos de las guaguas exclamando groserías. Las jóvenes madres golpeaban a su vez a los escolares con sus paraguas o sus zapatos con tacones de aguja.

Logré colgarme del autobús. El chofer frenaba adrede para que los ancianos perdieran el equilibrio y dieran contra los asientos y el piso. Los ancianos a su vez azotaban con sus bastones a los inmigrantes y estos vandalizaron el autobús y lincharon al chofer. Me alejé del vehículo en llamas y subí a saltos las escalas del consultorio. La sala de recepción estaba atestada de seres monstruosos y agresivos. La mayoría eran hombres adultos que vociferaban sus dolencias, defecaban en el suelo y lanzaban las sillas y mesas de la sala contra las paredes.

Me acerqué a la recepcionista y, con miedo, le entregué mi tarjeta del seguro social. Me preguntó descortésmente cuál era mi problema. Se me había olvidado la razón de mi visita al médico. Me insistió a gritos y yo le mostré mis brazos resecos. La alergia  había invadido mis mejillas, ojos, boca. El dolor era insoportable y mi sangre formó una repugnante poza en el piso. Esto enfureció a la secretaria quien me obligó a lavar el suelo de la clínica. Horas después, la doctora, una mujer joven y hermosa, que suele ser atenta y sonriente,  me miró de reojo, me lanzó una receta (Locoid 1% -emulsión) y a empujones me sacó de su despacho.

Con mi ropa ensangrentada salí, por fin, a la Calle Santa Lucía. Viejos deformes se abrían paso sin piedad entre la multitud en sus pequeños coches eléctricos y derribaban a los transeúntes. Sus ojos eran blancos y sin vida, sus bocas desdentadas llenas de espuma amarilla.
Perros salvajes me clavaron los dientes al subir al autobús. El viaje de regreso a San Gabriel demoró cinco horas, habitualmente demora una. El vehículo estaba lleno de soldados con ametralladoras automáticas y sus rostros ocultos por pasamontañas negros. En las solapas de sus uniformes de combate llevaban la insignia de una calavera rodeada por un sinfín de estrellitas blancas.

Entré desesperado a la farmacia  a buscar mi medicina.  Mis mejillas explotaban como pequeñas bombas. El farmacéutico, un enano jorobado y tuerto se negó a atenderme con el pretexto de que yo era una persona indeseable. Intenté increparle su absurdo comportamiento cuando en ese instante entró un sargento con cuatro soldados. Ellos me abofetearon con crueldad, me esposaron y me sacaron a la calle a puntapiés.

La Avenida de los Álamos había sido ocupada por algún ejército extranjero. Hileras de cadáveres quemados yacían por doquier y gente corría perseguida por las metrallas de los soldados invasores. Bombas destruían hospitales y colegios.

El sargento me empujó contra una muralla y me susurró con acento extranjero, con su revólver clavado en mi estómago: "¡Dame nombres, hijo de puta! ¡NOMBRES!". Luego me introdujo su arma en mi boca ensangrentada y apretó el gatillo. Escuché una pequeña explosión, vomité y desperté sobre un montículo de viejos, mujeres, niños y bebés. Algunos estaban totalmente quemados y otros, como yo, quejumbrosos y agonizando.
Logré levantarme y tambalear desapercibido entre cadáveres, soldados psicóticos, hordas de refugiados, incendios y humaredas, hasta mi casa.
Aquí estoy ahora oculto entre los escombros de mi hogar, lamiéndome las heridas y sintiendo mucha pena por mi mismo. Sin embargo y a pesar de todo, muero esperanzado, observando cómo mis poros se han abierto y de ellos crecen plantas vitales, flores multicolores, árboles robustos y gigantescos y hombres y mujeres jóvenes, millones de ellos, hermosos y descontaminados.
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Montaje fotográfico de Ian Welden, Copenhague 2001




martes, 9 de agosto de 2011

CRUDA FOTOGRAFÍA DE UNA GUERRA LEGAL

En los años noventa una de las guerras civiles más violentas y brutales de la historia se desarrolló en la Península de los Balcanes. Monitoreada por las Naciones Unidas, para evitar y denunciar "crímenes de guerra" -como si la guerra en sí misma no fuera un crimen, el más horroroso de todos- las víctimas fueron primordialmente mujeres. Millares de mujeres jóvenes y niñas pequeñas fueron torturadas, violadas y asesinadas por ambos bandos del infame conflicto bélico.
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Ibas por los bosques, pequeña Vildana,
recogiendo flores y tarareando "give peace a chance"
cuando de pronto y como si fuera una pesadilla
escuchaste los gritos salvajes
de tu madre, Nerkesa.
Ella fue interceptada
por una sonriente patrulla
de quince jovencitos
vestidos de plomo oficial.
Y, Vildana, llegaste a tiempo
para presenciar la escena bestial.
                                                     Nerkeza tendida entre las piedras
                                                     azotada y apedreada
                                                     hasta la inconscienda.
                                                     Y lo quince soldaditos de plomo
                                                     con sus penes erguidos
                                                     goteando bestialidad.
Un búho cantó su advertencia
desde su atalaya en los pinos
y los quince monstruos huyeron riéndo
a buscar alabanzas y medallas
en el poderoso bunker de la canallada.
Recogiste a tu madre
con caricias y abrazos
y la arrastraste con suaves palabras de amor
hasta el policlínico de la Cruz Roja.
Ahí te dieron bizcochos de ilusión, Vildana,
y a Nerkeza un parche curita
para palear la herida en el alma
y cicatrizar con agua bendita
lo que nunca podrá cicatrizar.
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Arte visual "Los Héroes de la Bestialidad", Ian Welden. Copenhague 2002.