martes, 13 de mayo de 2014

EL ARRAYÁN -Historia real contada por Ían Welden





Para Ricardo González y todos los otros...Para Bernardo Ojeda, donde quiera que esté.


Y para la señora María, ella hacia unos pesitos cobrando por la pasada del río Mapocho


 Escribir la historia de nuestra casa en El Arrayán es un desafío Sólo quiero escribir un testimonio de una época transparente y mágica pero también violenta  que nos envolvió a  los chilenos. A Ricardo y a mi en particular.


 EL ARRAYÁN
 Era la época de la juventud y de la revolución en Chile. ¿Qué más pedirle a la vida? Mi compadre Ricardo y yo vivíamos milagros todos los días en la Universidad. Ojo, que esta palabra viene de universo. Queríamos viajar por el universo. Cambiar el mundo. Ser famosos y todo éso...
Deambulábamos  por la Universidad pintando murales, desafiando a los profesores, conquistando a las compañeras... Pero necesitábamos un taller, un lugar donde crear, hacer la revolución e invitar a las amigas. ¿Dónde y cómo?

El Arrayán es una  zona fértil a los pies de Santiago. Cerros, río, millones de eucaliptus, pasos cordilleranos a la Argentina, vertientes. Mansiones  y casuchas. Estábamos seguros de  encontrar nuestro taller en Arrayán.
Y lo encontramos en una casita enclavada en los primeros faldeos cordilleranos.  Una fuente de agua pura  brotaba de una piedra, muchos árboles y el indómito Río Mapocho.
Sin dinero pero con fe y confianza  logramos encontrar al dueño de la casa. El señor Ojeda, un mecánico sesentón, buena persona, trabajaba en el sector industrial de Santiago. Accedió a prestarnos la casa. La invadimos con nuestra juventud melenuda y barbada, nuestros colores, guitarras y afiches del Ché Y nuestras  obras de arte volado.
Nuestra presencia en el sector constituyó un hecho político de consecuencias y nosotros no lo sospechábamos. Nos observaban los ricos desde sus casas con césped inglés hasta la policía, los mineros y los lugareños que vivían en la miseria.
El presidente Allende y su coalición de la Unidad Popular intentaba hacer una revolución en libertad, chilena, con vino tinto y empanadas. La oposición derechista se sentía herida en el bolsillo y en sus privilegios. Era una época inestable, pero los chilenos estábamos convencidos de que en Chile jamás habría una dictadura.
Estos hippies, marxistas, marihuaneros y degenerados, ¿están tramando la revolución? No, si son buena gente son artistas, son cubanos,  no son chilenos. Sí, sí, son chilenos, hablan raro, hablan como pijecitos. Son maricones. No, son lesbianos...
Trabajábamos duro reparando la casa. Ricardo era en esa época - estoy seguro  lo sigue siendo- una especie de Leonardo da Vinci. Hacía  de todo. Desde reparar los fusibles de una nave espacial hasta dibujar el universo con precisión. Él dirigía la obra de reparar techos, poner ventanas, mientras que yo, inútil, atornillaba las bisagras al revés.
Yo hacía música, tocaba guitarra y componía canciones. Tenía un grupo musical llamado Rimpelnudel y éramos buenos. Pero no logramos tocar ante un público, el golpe de estado de  Pinochet lo impidió.
Conocimos a lugareños casi mágicos. Dos viejos arrieros que venían de la Cordillera de los Andes hacia la ciudad nos contaron los secretos de la hierbita del clavo, un afrodisíaco  poderoso que hacía ponerse duro hasta a un cadáver. Sí, señor.
Una noche, en  una cantina llena de toscos mineros,  fuimos agredidos porque a uno de ellos se le ocurrió que  éramos  cubanos.
O la comitiva del Presidente Allende que pasaba rugiendo por el camino a Farellones.
Y las rocas en la ribera del río Mapocho que Ricardo y yo pintábamos de colores violentos.
Un atardecer rojísimo trepamos los cerros y observamos  detrás de nuestra montaña la   impresionante prolongación  hacia Argentina, la cordillera de Los Andes.
Nosotros, amigos y amigas estudiantes, no estudiábamos. Íbamos y veníamos desde El Arrayán a la Universidad como Pedro por su casa. Leíamos, sí. Recuerdo a Lenin, Marx, Mann, Lopsang Rampa y una mezcla mareadora de místicos, materialistas y charlatanes. Sin embargo, obteníamos las mejores notas de la clase y nos graduamos con honores.
Toda esta época terminó brutalmente el amanecer del once de septiembre de 1973. El golpe de estado de la Junta Nacional de Gobierno fue  un zarpazo doloroso que nos pilló a todos soñando con una sociedad socialista y generosa.
De alguna forma la mayoría de nosotros chilenos no queríamos despertar a la realidad. Y el golpe de los militares nos sacudió a la realidad.
La casita del Arrayán fue vandalizada por la policía, militares, fuerza aérea y naval. Cualquiera. Nos robaron herramientas, destruyeron nuestras obras de arte, mi guitarra fue despedazada, los afiches fueron quemados.
Seguimos yendo al Arrayán exponiendo nuestras vidas y la de nuestras familias. Una noche nos sorprendió  un enloquecido agente del Servicio de Inteligencia Militar y la policía.  Nos interrogaron y amenazaron  con metralletas y revólveres.
Es doloroso recordar aquello.
No fuimos más a la casita.
Se acabó el sueño.
Dejamos de ser jóvenes  y nos transformamos en hombres.
Yo abandoné mi país.
Sentado aquí ante mi computadora despierto de un delirio nostálgico e irreal.
Debes ubicarte, Ian. Estás en Vaalby,Copenhague,  tienes sesenticuatro años de edad, tienes una familia danesa. Vives en el reino de Dinamarca, estado de la Unión Europea.

Fragmento de una carta que Ían me envió junto con esta historia casi veinte días antes de fallecer:

"En 1974 Chile ya no era un lugar seguro para mi. Mi cabaña en El Arrayán fue allanada por el servicio de inteligencia militar (SIM) y la casa central de mi universidad (UNIVERSIDAD TÉCNICA DEL ESTADO) fue bombardeada por el ejército.

Con amigos y periodistas norteamericanos realizábamos una banda sonora para un film de dibujos animados. En los primeros días del sangriento golpe uno de los periodistas, Charles Horman, desapareció. Fue acribillado y dejado en una morgue clandestina de Santiago.
Decidí  viajar a Barcelona donde ya estaban compañeros míos de la escuela de cine y también familiares.
Lo que en mí  ahogó totalmente los tiroteos, estallidos de bombas, las ambulancias y autos de la policía fue el grito de mi abuela Graciela, mi Ita, llorando a mares y desolada, gritó: "¡Iancito, por qué dejamos que te fueras!!" 


8 de enero de 2013

-Fotografía No. 1, Ían Welden en la cabaña de El Arrayán, Santiago de Chile

Fotografía No. 2, Ían Welden caminando frente a la cabaña de El Arrayán.