jueves, 28 de septiembre de 2017

Un hermoso cuento de Ían-El alma de Soledad

VIERNES, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2012

EL ALMA DE SOLEDAD




                       Fotografía y diseño de Ian Welden©

Conocí a Soledad a mis seis años de edad. Era alumna nueva en mi colegio y la profesora la sentó a mi lado. Con una sonrisa me preguntó mi nombre y me dio la mano. Entonces, algo perturbador ocurrió en mi vida:  no volví a ser el mismo.

Sin tener a quién pedir consejo,  me guié por mi intuición: me había enamorado. No lograba concentrarme en clases, hacer mis tareas, jugar con mis amigos, comer o dormir. Sólo me calmaba  estar cerca de ella. Y armándome de valor, se lo dije…

Ella me confesó que le sucedía lo mismo. Sin saber qué hacer con nuestro amor decidimos que nos casaríamos cuando fuéramos adultos y que, hasta entonces, jugaríamos siempre juntos.

Esto ocurrió en la década de los cincuenta en la ciudad de Birmingham, estado de Alabama, USA. Y cuando mis padres determinaron irnos a vivir a Santiago de Chile, nuestro universo  se derrumbó .

Ha transcurrido más de medio siglo desde nuestra despedida. Soy ahora un viejo contento.  La vida me ha regalado problemas y alegrías, hijas y amigos. Y amores para siempre, pero jamás como Soledad.

Anteayer,  caminaba por mi barrio, la Calle Larga de Valby, con mi bastón y mi perro, cuando una hermosa mujer de aproximadamente mi edad se me acercó y me dijo “Ían, espera… ¿no te acuerdas de mi?”.

Era ella. Yo sabía que tendría que ocurrir un día. Su aparición no me sorprendió porque  la  esperaba.

Nos sentamos en un banco de la plaza. Soledad parecía tener prisa. Me dijo “…voy a cumplir sesenta años de edad, Ian. Soy feliz como tú. Vengo de Birmingham a verte por última vez porque estoy muy enferma. Jamás he dejado de amarte y si tú aún lo quieres, cumplamos nuestra promesa, casémonos!”

Reímos, lloramos y volvimos a reír. Ella me pidió que le mostrara mi barrio, mi ciudad, mi vida, todo.

La Calle Larga de Valby bullía de milagros. Tanya, la hechicera de Constantinopla sacaba planetas y soles de las nubes. Pedro Sotomayor, el malabarista chileno, jugaba football con ellos. Los vikingos exhibían sus  escudos y armas de hierro mientras que las mujeres recitaban versos de Pablo Neruda a los transeúntes. Fátima, Amira, Adeba y todas las otras niñitas somalíes extraían música multicolor del aire. .Per, el organillero finlandés, producía sombras de cristal cada vez que giraba su manivela.

Fuimos al Café Ciré, donde Piérre, el garzón francés nos saludó con amables “Sa va, monsieur Ían, madame. Tres bien, tres bien…bienvenue…”. En el pequeño escenario cantaba el fantasma de Sitting Bull y en torno al bar las siluetas de Kirkegaard, Kafka y Kandinsky discutían . En fin, la  rutina del Café Ciré que a mí ya no me sorprende, pero fascinó a Soledad.

Ayer fuimos a la Iglesia de Valby donde nos casó mi querido amigo, el pastor Hans C. Andersen. Pasamos nuestra luna de miel conversando. Me habló de su cercanía con la “muerte”. “Porque yo ya tengo mi alma allá, en el Universo”, murmuró. Esta madrugada me susurró “Debo irme, Ian. Sé que seguirás siendo feliz. Te estaré esperando…”

Nos despedimos con un beso y se marchó hasta desaparecer en el horizonte. En ese instante mi mundo se trastornó.. Hasta que comprendí.

Con mi uniforme escolar y mis libros bajo el brazo corrí a alcanzarla. Le regalé una manzana y nos fuimos caminando tomados de la mano.

Publicado por REVISTA ARENA Y CAL ESPAÑA
http://www.islabahia.com/arenaycal/2009/165_noviembre/ian_welden165.asp

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