| Fotografía de Ian Welden, Valby, Copenhague 2012. |
Es una de las plazas más miserables del país. Algunos arbustos polvorientos la aíslan del tránsito de cuanto vehículo motorizado necesita acortar camino entre la gran arteria oeste y el centro de la ciudad.
Hay una fuente. Hace muchos años el agua desistió de pasar por esas cañerías oxidadas y roídas por las ratas. La estatua de la virgen está deteriorada, nadie sabe qué representa y quienes podrían saberlo están muertos.
También hay algunos bancos de madera que la municipalidad los pintó de verde para celebrar el triunfo de la Segunda Guerra Mundial. Y una planta, un plátano débil que en los días de ventolera y nevazones se afirma al poste de la luz para no caerse de bruces al barro. Así como caen los borrachos, las prostitutas y los narcómanos que llegan por la madrugada a inyectarse con heroína y beber Fanta con alcohol para quemar.
El Barba no era alcohólico ni drogadicto, pero su chasca blanca y su barba le daban aspecto de indigente. Este viejo jubilado vivía para sacar a pasear al perro del almacenero, ayudar a viejas y viejos a cruzar la calle. Así como repartir sonrisas y comentarios amistosos al mundo entero. Él había vivido en ese barrio toda su vida. Era más conocido que el alcalde y muy querido por los vecinos.
El lunes 22 de octubre 1990 nadie hubiera sospechado que el día traería consigo la muerte violenta del Barba. Ese día, los dos teléfonos públicos amanecieron, como casi siempre, arrancados de cuajo. Dos empleados reparaban las vitrinas destrozadas a pedradas la noche del domingo. La gente se apuraba a codazos para alcanzar el autobús. Los comerciantes abrían sus supermercados violados por los delincuentes habituales. No faltó, como siempre, la tropa de vagos alcohólicos en la plaza. Entre ellos, Martín, de veinticinco años, bebedor de aguardiente y a veces marihuanero, uno de los principales testigos de la muerte del Barba.
Como de costumbre Martín había llegado a la plaza a las seis de la mañana.
"Andaba más planchado que un pez lenguado y seco en mi garganta y mi alma. La única manera de chupar o fumar algo es ser invitado pero nadie lo hizo así que anduve con terribles abstinencias todo el día...Día de mierda!"
"Estuve allí en la plaza toda la mañana, con los muchachos. A las doce llegó el primer chequeo. Dos pacos vestidos con uniforme de guerra y metralletas en las manos se nos acercan. Querían ver mis papeles... Ésto es rutina, estábamos acostumbrados. Me metieron sus manos en mis bolsillos; a veces me han obligado a bajarme los pantalones y me meten una mano por el culo. Lo hacen dos pacos tres veces al día. A la misma gente tres veces al día. no? Es provocación pero nosotros lo tomamos con calma porque si no... Lo distinto es que los uniformados eran nuevos, desconocidos."
"Después del revise cruzaron la calle y se instalaron en la entrada del Banco. Desde ahí siguieron mirándonos y sonriendo".
Desde ese instante los sucesos se precipitaron violentamente. Todo ocurrió en menos de tres minutos.
El Barba apareció con el perro del almacenero . Saludó sonriente a los dos policías y se les acercó. Dio a uno de ellos una palmadita amistosa en el hombro, un gesto típico de Barba. El policía lo empujó con fuerza. El viejo retrocedió unos pasos y luego repitió el gesto de amistad diciéndoles:
"Tranquilos, tranquilos, ¿así que son nuevos por aquí? ¡Bienvenidos!"
Martín y los otros testigos en la plaza no escucharon lo que se decía. Interpretan los gestos así como en una película muda. Pasaron camiones, automóviles y ciclistas.
Uno de los policías intentó derribar al viejo, pero no lo logró. El otro paco saltó sobre él inmovilizándole los brazos, mientras que el caído lo aferró de los tobillos. El Barba cayó a la vereda de bruces con el agresor encima. El Barba intentó liberarse. Hubo una escaramuza y el viejo logró ponerse en pie pero fue derribado nuevamente. Mientras, uno de los guardianes pidió refuerzos con su celular. El perro del almacenero ladró enloquecido.
Martín terminó su testimonio de la siguiente manera:
"En menos de tres minutos toda la zona de la plaza se llenó de pacos armados hasta los dientes . Dos, tres, cuatro y cinco carros blindados y la gente reacciona, ¿no? Gritos y más gritos. Intentamos acercarnos pero lo cerdos lo impidieron a palos. El Barba estaba ahí tirado en la acera con la cabeza destrozada y alguien le metió las esposas. Había sangre... Estaba muerto"
El informe del médico forense indicó que Barba sufría de un mal cardíaco y no resistió la violencia de la situación. El informe policial indicó que el viejo actuó provocativa y agresivamente ante la presencia de dos policías. Ninguno de los testigos en la plaza fue llamado a declarar.
Por la tarde los vecinos colocaron flores y animitas en el lugar donde murió. Al entierro llegaron más de mil personas . Amigos, vecinos y conocidos del dulce viejo asesinado. Al entierro se presentaron dos mil hombres, mujeres y niños, observados desde cerca por una camioneta de investigaciones. La televisión y algunos periódicos también se hicieron presentes. El "caso" había sido comentado en los medios de comunicación. Había que darle un fin apropiado a esta historia un poco social y un poco policial, apta para todo tipo de periodismo y público.
"Estoy mirando por mi ventanal. Han transcurrido varias semanas desde el asesinato y el entierro del Barba. Ya no se habla más de él . Nada ha cambiado; la gente se apresura a sus trabajos o al Departamento Social del Gobierno para ver si hay algún trabajo para alimentar a sus familias. Pero la pedrada de anoche le tocó a la ferretería... papeles y basura por todas partes esquivando las trincheras abandonadas por la Compañia de Agua Potable. Olvidadas y descoloridas promesas electorales se pudren en las murallas. Y en la plaza, los dos teléfonos públicos amanecieron nuevamente destrozados. Y en la miserable plaza los curaditos siguen cayendo al barro.
Tal vez el único que se acuerde del Barba es el perro del almacenero. Ya nadie lo saca a pasear por las calles de Valby, Copenhague, feliz reino de Dinamarca".
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