Esta viejísima foto la saqué en 1998 en una calle en Copenhague. A la derecha está Drazena, alta y de cabello largo y negro. A su lado Laila, de cabello corto y luego Yasna, de pelo rubio. A la derecha, una madre con sus hijitas busca refugio entre sus piernas. Al fondo, las viejas casonas y algunos paseantes. Es una buena foto desgastada. Se me había extraviado y la encontré hoy que sepultamos a Drazena en el cementerio El Bosque. Logró cumplir veinticinco años de edad.
Conocí a las tres en un centro para refugiados de la Cruz Roja Danesa en Copenhague. Yasna y Laila llegaron con sus familias desde Sarajevo, Bosnia.Y Drazena llegó sola desde Croacia. Huían de la horrible guerra que desintegró a Yugoeslavia. En ella murieron millones de seres incluyendo a viejos y bebés. Como en toda guerra, la población civil sufrió torturas, fusilamientos masivos, violaciones y desapariciones. Quienes más sufrieron fueron los niños y las jovencitas. Laila y Yasna junto a sus familias recibieron asilo del estado danés. Sus padres encontraron trabajo en Copenhague y ellas pudieron ir al colegio, aprender el idioma e integrarse al país.
Drazena también obtuvo asilo, pero se negó a integrarse. No aprendió danés y vivía sola en un departamentito. Soñaba con volver a su pueblito natal en Croacia. Recibía una pequeña pensión estatal para refugiados, suficiente para sobrevivir. Empleaba su escaso dinero en heroína, no comía y su círculo social eran croatas drogadictos y criminales. Ella me visitaba a los largo de los años, sola, y lloraba en mi hombro pidiéndome ayuda para salir de su infierno. Yo también la visitaba de vez en cuando, llevándole alimentos y cigarrillos.
Su mente, una vez ágil y aguda, se deterioró progresivamente y su conversación se tornaba ininteligible.. Me decía que la vaca que vive en su casa era el alma de su madre. Que sus hijos -inexistentes- la despertaban por las noches y le llevaban osamentas de héroes croatas. Una mañana corrió hasta mi casa perseguida por tres policías. Ella y tres amigos suyos habían intentado robar una sucursal bancaria. Drazena fue condenada a dos años de cárcel.
Los guardias de la Cárcel del Oeste la violaron repetidas veces. Al salir, había perdido unos veinte kilos de peso. Perdió todos los dientes, cojeaba, y su cabellera una vez negra y sedosa parecía la peluca de un espantapájaros. La llevé a su departamento y lo encontramos vandalizado. Llamé a las autoridades de la Real Comuna de Copenhague y la puse en contacto con una asistente social. Esta asistente, horrorizada y conmovida por la historia de Drazena, logró, a través de un médico, internarla en una clínica psiquiátrica . Pero Drazena se negó a aceptar su medicina y a colaborar con su tratamiento.
Durante mis visitas nos sentábamos en el jardín a escuchar su monólogo incomprensible. Se escapó y se prostituyó para pagar su heroína. Dormía en las calles y a veces regresaba a su departamento sin puerta y con ventanas rotas para intentar sobrevivir sus horribles abstinencias y alucinaciones. Ahí la encontré hace tres días. Pálida y fría. Ni siquiera la sombra de esa niña hermosa y tímida que llegó a Dinamarca desde Croacia.
Hoy la enterramos. Llenamos su tumba de flores. Descansa en paz, querida Drazena.