lunes, 5 de septiembre de 2011

LA CHANCHA

 En estos," tiempos de la prisa", corremos de un país  sin  detenernos  para disfrutar enteramente de un poema, un relato o una imagen Este  relato está basado en un personaje de la vida real, Me encuentro con ella todas las mañanas  desde hace quince años .
Jamás nos saludamos  a pesar de que vive a dos pasos de mi departamento y hacemos las compras a la misma hora y en el mismo almacén.
Quince años, Dios mío!
Bueno, les dejo un abrazo inmenso y mis deseos de que este martes sea un día especialmente maravilloso.
Ian.

"Qué error es para la mujer esperar que el hombre construya el mundo que ella quiere, en vez de crearlo ella misma"  Anais Nin (1903-1977)


Me dicen "la Chancha". Sé bien lo que los vecinos ven en mí cuando salgo de mi departamento en Copenhague con mis botellas vacías  y mi rostro púrpura. Ven a una mujer apaleada por el dolor, que todas las mañanas compra su urgente ración de vodka y cigarrillos. Ven mi cuerpo desproporcionado y mis desteñidas mechas amarillas. Ven a una chancha.

Vivo sola. La única visita que recibo es de la enfermera estatal; cada quince días controla mis medicamentos y constata si aún estoy viva. El único resquicio de belleza que me queda son mis ojos azules como el cielo.

A medianoche tirito por las abstinencias.  Me arrastro a mi balcón a respirar aire fresco y a espiar al vecino del frente cuando sale de la ducha. Lo observo a través de mi telescopio, es un hombre bello que me recuerda el paraíso perdido. 

A veces lo encuentro en el supermercado de la esquina. No desafío sus miradas despectivas a pesar de que hemos vivido frente a frente desde hace más de veinte años. Conozco su nombre, sus secretos y sus más íntimos deseos. Yo nada espero de él, es tan sólo un entretenimiento estético.

No siempre fui "la Chancha" Parte de mi vida fui Eva, la de los ojos celestes y cabellos de sol. La de "toda la vida por delante" Estudiaba astronomía en la Universidad de Dinamarca y escribía  poemas de amor y rebeldía que publiqué en la gaceta estudiantil.

Me interesaba la luna, la inmensa soledad que hay entre ella y nuestro planeta.  ¡TRESCIENTOS OCHENTICUATRO MIL CUATROCIENTOS KILÓMETROS! nos gritaba el profesor Andersen.

Andersen me violó una noche de luna llena. Yo tenía dieciséis años de edad y era ingenua  Creí que me amaría toda una eternidad, pero  me hizo abortar su hijo a golpes y logró expulsarme de la universidad. Mi padre me echó de la casa y me dediqué a vagar por las calles congeladas y dormía en los hacinados albergues del Ejército de Salvación Danés.

Como heredé la perspicacia de mi madre seduje al viejo director Henrik Petersen; él me instaló en un pequeño departamento en el sector de los prostíbulos de Copenhague. Además, me regaló un telescopio reflector newtoniano. Con éste exploraba el sistema solar, mi querida luna y los desmesurados asteroides que rondan por la galaxia.

Henrik me visitaba todos los días a la hora de almuerzo salvo los fines de semana. Me violaba sin preámbulos y luego me dejaba algún dinero. Veía amantes debajo de la cama u ocultos en el baño. Me encerró con llave y sus violaciones se tornaron más violentas. Me traía vodka y me obligaba a beberla. Me golpeaba, me quemaba con cigarrillos y en un arranque de locura me cortó la cabellera con un cuchillo de cocina. No puedo entender cómo no salté antes a la calle desde mi ventanilla. 

Saltar no fue intento de suicidio, sino un acto de emancipación de una joven desesperada. Sólo llevé conmigo mi muñeca de trapo. Cuando abrí los ojos un ángel vestido de blanco me observaba con preocupación. Usaba guantes de goma y una mascarilla le cubría la mitad del rostro. La cabeza me dolía y apenas podía mover mis piernas. "No tengo alas aún..." recuerdo que le dije. "no las necesitas, tienes mucha suerte" me contestó con una sonrisa.

El Hospital Psiquiátrico del Reino me reconcilió con el mundo por un tiempo. Mis ángeles eran médicos cariñosos. Cumplí mis diecisiete años de edad bajo su protección y vi como mi cuerpo de niña se transformó en el de una magnífica mujer.

Un amor me sorprendió en los jardines del hospital. Andrei, con su espíritu de niño juguetón me robó un beso y desde ese momento fuimos inseparables. Escribíamos poemas de amor y  conversábamos abrazados bajo los cerezos en flor. Me sentía rescatada del infierno y de las pesadillas. Me atreví a soñar con un hogar.

Mi madre me visitó una tarde trayéndome un ramo de flores ya secas. Me escupió en la frente y me dijo que mi padre había fallecido de vergüenza. "Haz que estudie, hijo mío" le dijo a Andrei dándole un obsceno beso en la boca.

Mi recién adquirida confianza en la existencia se hizo trizas. Caí en un precipicio de desolación. 
Los ángeles del estado danés me bombardearon con medicinas y mixturas experimentales. Andrei me  leía citas del filósofo Søren Kierkegaard, intentando hacerme salir de mi oscuridad. "La angustia es el vértigo de la libertad". Luego se transformó en contrabandista trayéndome botellas de vodka que yo me zampaba en pocos segundos logrando un estado de insensibilidad total. No le temía a la muerte ni a la vida. Ni siquiera sentía indiferencia.

Mi poesía se tornó incolora y amenazante. Andrei se sintió excluido  y cayó a su propio agujero de terrores. Y ahí estábamos los dos, cada cual en su túnel.

La jefa del hospital, Ángela, no nos dejó morir. Nos trasladó con camas y petacas a su propia oficina y nos cuidó con la ternura de una madre. Ángeles y otros mortales entraban y salían como si fuera la Estación Central de Copenhague. Creo que esa actividad febril nos hacía bien. Pero en las noches caía un gran silencio ; nos cantaba canciones de cuna y nos alimentaba con biberones de  leche materna que ella misma producía ya que recientemente había dado a luz a su primera hijita.

Durante varios meses nos hizo renacer, hasta que una mañana Andrei despertó y desde su cama me lanzó un beso. Angelita rió  feliz al ver el magnífico beso volando a través de la oficina.

Pasaron los meses hasta que un día Ángela recibió el Premio Danés de la Paz por su ya célebre Nueva Terapia del Renacimiento. También fue nombrada ministra de salud  y como último gesto de cariño hacia nosotros, nos regaló una casita con jardín y  una  Biblia con páginas en blanco para mis poemas.


Andrei y yo nos casamos en nuestra nueva casa una soleada madrugada de junio. La historia de su vida había sido un enigma para mí  Cuando lo perdí para siempre por otra mujer, se llevó sus secretos junto con mi cordura en una vieja maleta de plástico.

Busqué a Ángela y después de deambular por pasillos solitarios y golpear en las puertas de cientos de oficinas sofocantes, la encontré  pegada a su taburete de ministra, dando órdenes  y firmando . No me reconoció.

Yo cobraba cada mes el cheque de la Oficina de Seguridad y Bienestar Social del Estado. Por las noches escudriñaba la galaxia en busca de algún ser con quién poder hablar y me abrazaba a mi muñeca de trapo, atontada por el alcohol pero, sobre todo, por la vida misma.

El incendio simplificó las cosas y borró todas las huellas de Andrei de una vez por todas. Solamente alcancé a rescatar el telescopio. La policía me trató con amabilidad y no me encarcelaron.

Y volví a vagar por las nevadas calles de Copenhague arrastrando mi telescopio y durmiendo en los albergues del Ejército de Salvación. Pera ya no era joven. Ya era "la Chancha"

"Chancha de mierda!", me gritan los crueles jovencitos. En algunas ocasiones se detienen ante mi departamento en la noche y tocan sus bocinas durante horas despertando a todo el vecindario. "¡Cerda puta, marrana borracha, puerca bastarda!", cantan felices mientras queman tachos de basura hasta la madrugada,  y la  policía observa impasible riendo a carcajadas. Niños pequeños me lanzan huevos en la calle y perros me ladran y persiguen.

Sin embargo, Jensen, el dueño del almacén donde compro mis provisiones, es una persona amable. Me trata con respeto y me da crédito. Su bondad me hace llorar, me seca las lágrimas con su propio pañuelo y me da palmaditas en los hombros.

Un cartero me visitó hace como mil años atrás. Con el pretexto de preguntarme algo, una dirección, ya no recuerdo la simpática conversación que terminó en mi cama. Me amó con delicadeza y maestría regalándome un orgasmo de treinta minutos. Como toda chancha soy omnívora y me alimento con los restos de la verdulería del señor Mohammed a la vuelta de la esquina.

O sea que aún existen seres nobles y generosos en este mundo, supongo.




"El acecho".por Ían Welden


4 comentarios:

  1. es verdad amigo, que ir de un país a otro lleva su tiempo y es verdad que esa joya anda escaseando...pero tu relato me ha atrapado.

    es una historia desgarradora que en ningún momento, ni uno solo, deja de translucir un alma sensible y bella, que a fuerza de golpes, se esconde y camufla detrás un espejismo, el de "la chancha".

    un abrazo fuerte.

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  2. Tremendo relato, exquisito en toda su forma, reflejando, trasluciendo la belleza y la vida de La Chancha...

    Amigo, gracias por ser como eres, por tu arte, tu sensibilidad y humanidad.

    Un fuerte abrazo!!!

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  3. Sos un escritor impresionante, estaba sin tiempo, cansada de ir de un país a otro, dolorida, con frío y se me pasó todo leyéndote, me metí en el cuento de principio a fin, gracias!!

    Besos y buenas noches!!

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  4. En todas partes, por pequeño que sea el lugar, habitan Chanchas y demás almas temblorosas de soledad, abandono y miedo.

    Besos

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