lunes, 30 de enero de 2012

ALIANZAS



Qué importa cómo fue
mejor es entender
que todo esto terminará esta noche.
Ahorita ya se viene la mañana
y la luz será el aliado que esperamos.

Se sabe que al momento de la danza
se escucha el tren azul del amanecer
los árboles sepultan a las estatuas
las aves ya no cantan porque lloran.
El planeta es una tinaja de greda
tus manos son herramientas en el mar
a tu choza le ha crecido un techo nuevo
tu pan se hace inmenso como la cordillera.

Acércate no más
tu manta cubrirá
aquello que termina esta noche
mañana te despertarás riendo
y la vida volverá a tenerlo todo.

Dolor de amanecer no lo soportas
la espina se clava en tu corazón
cuarenta días y cuarenta noches
tu alma ya no entiende a la razón.
Caminos no hay caminos todo es selva
el día es sólo volver a comenzar
tus ojos te devuelven tu triste imagen
tus manos llevan siglos sin poder crear.

Qué importa como fue
mejor es comprender
que todo eso termina esta noche.
Ahorita ya se viene la aurora
la luz será el aliado que esperamos,

Autor: Ian Welden
De mi Poemario LAS NECESARIAS CICATRICES

Montaje fotográfico de Ian Welden. Copenhague 2000.

sábado, 28 de enero de 2012

LOS MILAGROS DE UN DOMINGO




Hoy domingo salí a caminar por La Calle Larga de Valby. La mañana estaba soleada y bullía con milagros. Una camioneta 1920 con música charleston y llena de adolescentes con ropa de la época se detuvo a mi lado  "Quieres venir a dar un paseito, abuelito lindo?".

Una nave espacial descendió  sobre La Plaza de Valby. De ella descendieron Los
Beatles mientras cantaban we all live in a yellow submarine. Una señora celeste con cabellos rosados y anteojos de sol verdes me susurró al oído "las cartas dicen que tendrás un futuro incierto pero condescendiente". Y se alejó  hasta desaparecer en el horizonte.

El policía de mi infancia, en un portal, besaba  a una enfermera de turno. Una dama de blanco me besó en la mejilla y se fue. Frente al Bosque de Søndermarken, en el balcón de la Cervecería del Reino (construida hace dos siglos atrás), los fantasmas del señor y la señora Carlsberg leían en voz alta las peripecias de Tarzán, de Edgard Rice Burroughs. Abajo, a la entrada del edificio, cientos de personas escuchaban con respetuoso silencio.
En el bosque de al lado del Zoológico del Reino, un rinoceronte con corbata amarilla y sombrero texano me pidió prestado dinero para comprarse un hotdog en el boliche de la esquina.
La Reina Margrette II y su príncipe Henrik paseaban por los jardines rodeados de cien guardaespaldas armados con ametralladoras automáticas. Yo, al querer saludarla, fui agredido con golpes de karate. Me repuse sentado en el borde de la fuente del bosque. A mi lado, la Sirenita abrillantaba sus escamas. Ella me consoló explicándome la necesidad de la seguridad de la pareja real en estos tiempos del terrorismo. "Debes aceptar que pareces extranjero" me dijo y se tiró a la fuente a nadar. Recorrí de nuevo la Calle Larga. Otro auto se detuvo. Un Elvis Presley disfrazado con barba y bigotes me ofreció llevarme. Le pedí que me dejara a la entrada del Café Ciré a lo que el me respondió en un castellano agringado "Perro quei bien mi amigou, you también voy al Cafei Cirrei!".
En el café nos recibió Piérre, el dueño, con su habitual "Bonjour! Bonjour monsieur Ián, monsieur Elvís, sa va? Tre bién tre biéantar are you lonesome tonight. 

 Pedí un jugo de naranjas cuando entró Hans Christian Andersen y se sentó a mi mesa. Me dijo "Estoy en aprietos, Ian. Le prometí a mis editores entregarles un cuento hoy a mediodía pero no se me ocurre el final! ¡Qué terrible, Ian! Se trata de un cisne bebé que por error nace en un nido de patos. Los patitos son hermosos pero el pequeño cisne es feo... ¡qué hacer!". Yo, por decir algo, le sugerí que el cisne feo se  transformara, de acuerdo a las leyes de su naturaleza, en un cisne hermoso. El  gritó "Eureka!" y salió corriendo del café.

Elvis  meneaba las caderas, con una agresiva versión de su Jail House Rock. En una mesita apartada el arcángel Gabriel, lloroso, tomaba una cerveza Tuborg. Le pregunté qué le ocurría. "Me han despedido, Ian. Sobran ángeles y arcángeles en el mundo. Soy cesante y lo único que sé hacer es cuidar el paraíso con una espada de fuego. Cualquiera puede hacer eso, ¿no?". Yo le dije que el niñito que tiene metido un dedo en el agujero de un dique en Holanda necesita un relevo. ¿Qué tal si escribía una carta al gobierno holandés ofreciendo sus servicios? Gabriel lloró aún más y me mostró sus enormes dedos. "¿Crees que yo podría introducir uno de éstos en ese hoyito? Y  desplegó sus alas  y salió del café.
Ya en La Calle Larga de Valby nuevamente, un cóndor azul hizo surgir un arcoíris  del  semáforo. Ahora, todos los valbyanos lucimos trajes multicolores.
Un policía del tránsito detuvo autos, camiones, ciclistas y transeúntes para dejar cruzar la calle a una gigantesca jirafa con dos jirafitas bebés.
Una pluma de paloma verde cayó en mi cabeza transformando mi pelo en pasto fresco. 

Al regresar  a mi casa, ya fatigado por mi caminata, me encontré con La Bella Durmiente roncando en mi sofá.  La desperté con un manotazo, le indiqué la salida y me acosté a dormir una merecida siesta.


Ian Welden
Valby, Copenhague
Invierno 2009.

Fotocollage de Ian Welden. Copenhague 2005.







viernes, 27 de enero de 2012

NOSTALGIA


En un sagrado momento de silencio
cuando todo el país está devorando el almuerzo
me siento en el sillón del director de la fábrica
y abro el Time Atlas of the World.
Longitud sesentiseis grados Greenwich,
y esos colores y texturas me alimentan.
Y esos nombres, esos nombres como gemas
significan tanto para mi, me hace lloriquear,
me hacen querer silbar con mis manos en los bolsillos.
Temuco, Valdivia,  Bio Bio, La Araucanía.
Comprendo a Chiloé, conozco el olor de Lota.
Las nubes enloquecidas de Osorno
aún están ahí colgando como racimos de uvas.
Y Valparaiso aún canta la canción
que aprendí en la vieja escuela de los curas.
Pobre Caldera, cada vez más negra
y la potente sal verde despierta de su siesta
como siempre en Inca del Oro.
La huelga de los quinientos años sin lluvia
tuesta los serenos ojos de los mineros
con sus hilachentas chupayas de paja amarilla.
Bulliciosamente como una horda de marines
regresan los comensales de su pausa
y yo despierto a la realidad,
el Burger King, McDonalds,
la estridencia de una vieja canción
de The Sex Pistols,
el fracaso de la invasión de Afganistán.

Dibujo de Ian Welden. Copenhague 1995.

sábado, 21 de enero de 2012

DEL VERBO IR

                                                    Dibujo de Ian Welden. Copenhague 1990.

Me iba a la rama más alta del sauce
cuando mi madre se ponía a llorar
observando las inmensas botas vacías
de mi padre ya ido.
Cuando en la escuelita
jugábamos a las escondidas
me ocultaba en el baño de los profesores
porque ahí nadie se atrevía a buscarme.
Luego ya más grande
el rector y el inspector general
me amarraron una soga al cuello
y metieron un manual de historia
entre mis brazos.
Me iba Cerro San Cristóbal arriba
y desde la cima lanzaba
avioncitos de papel histórico
sobre la alegre ciudad de Santiago.
Más tarde y ocurrieron acontecimientos bíblicos
y me fui de mi país amortajado
para cruzar nadando el Océano del Entusiasmo
atravesar a pie la sierras sedientas de España
y trepar las torres brumosas y congeladas
de los silenciosos reinos escandinavos.
Y así, toda mi vida
me la he pasado yéndome.
Clavo mi bandera entre tus manos transitorias
y me voy nuevamente
para proseguir este rito
que consiste en arrancar
para nunca llegar a la meta.



.

sábado, 14 de enero de 2012

EL HONESTO SEDUCTOR





                                     Arte visual de Mario Carvajal Araya. Santiago de Chile

Cada paso que doy
cada palabra que entrego
cada movimiento, cada pensamiento
es una conspiración para seducirte.
Sólo quiero que lo sepas
esta noche honesta
de vino rojo como tu vulva.

Brindemos entonces
por el milagro de tu cuerpo
y que el amor no sea el dique
que detenga mi crudo deseo.

Déjame poseerte libre
como una honesta fiera lujuriosa
sentir tu mágico cuerpo incandescente
consumir por los siglos de los siglos
mi loco placer terrenal.

jueves, 12 de enero de 2012

LA VIDA SIEMPRE ETERNA

                                                 Fotografía de Ian Welden. Copenhague 2011.  

Para Robinson Hakim y Ture Andersen

¿Te acuerdas, viejo amigo?
Éramos tan jóvenes
que el planeta
nos quedaba grande
y nuestras manos
siempre sonrientes
bailaban rock
en los amaneceres.
Volábamos
en alfombras mágicas
bebíamos arcoiris
y cantábamos
el Himno a la Alegría
burlándonos del diablo.
¿Te acuerdas, compañero?
La muerte
era una fábula
inventada
por los curas
y la vida nos hacía llorar
de tan eterna que era.
Éramos sabios
como aquellos libros
escritos al alba
siempre al alba
y milagrosamente poderosos
como las araucarias
en los bosques jamás talados.
¿Te acuerdas?

viernes, 6 de enero de 2012

VOLANDO CON GRACIELA




1
Es pasado el mediodía y mi abuelo duerme su tradicional siesta. El silencio en la casona es total y, con el calor del diciembre chileno, ve alucinaciones. Merodeo por el jardín de mi abuela Graciela; inspecciono sus violetas,  jazmines y lavándulas- Las fragancias me intoxican.

“Iancito, no vayas a despertar a tu Tata… toma, aquí tengo un vaso de limonada para ti…”.

Vuela, como mariposa, desde la terraza al jardín Me da la limonada con un beso en la frente. Ella, Graciela se pasa la vida más en el aire que en la tierra. Reparte cariños a diestra y siniestra, preocupándose de que todos estemos siempre contentos. Como un ángel.

“Yo quiero tener un jardincito, abuelita. ¿Puedo?”

Para mi alegría me asigna unos metros de tierra junto al gallinero. Planto frejoles blancos y negros convencido de que brotarán frejoles grises. Los distribuyo, hago la señal de la cruz y les canto una canción de cuna al cubrirlos. Ahora debo esperar un par de semanas regándolos todos los días. Graciela dice que en un mes tendremos suficientes frejoles como para una cena de Navidad.

Me invita a entrar al gallinero a recoger huevos. Ella conoce a todas las gallinas por sus nombres. Mi gallo se llama Shakespeare y sólo se deja acariciar por Graciela y por mí. Buscar huevos es como buscar tesoros y encontramos doce de los pardos, todavía calientitos.

“Para hacerte un bizcocho gigante, Iancito. La próxima semana es tu cumpleaños, ¡vas a cumplir cinco! ¿Te acuerdas?


2
Hoy mi abuela me lleva volando alrededor de nuestra vieja casona, ¿o será un sueño? Revisamos el techo para ver si hay agujeros y luego nos metemos por la chimenea.

“Tiene que estar muy limpia para que pueda pasar el viejo pascuero, Iancito”.

La antigua chimenea que ya nadie usa oculta recuerdos de su infancia y juventud. En pequeñas bolsitas de colores clavadas en las paredes están el alma de una niñita, viejos amores, un caballo, un perro cojo llamado Skippi…

“¡No intrusees tanto, niño, que te puedes quedar aquí para siempre!”

Y despierto llorando pidiendo a mi madre a gritos.


3
Hace menos calor y mi abuela y yo vamos a visitar a Misia Charito, quien tiene como mil años de edad.  Vive sola en una casa esquinera que parece una iglesia. Nuestra calle se ve maravillosa con sus arcaicos bellotos y nogales y su acequia de agua parda, veloz.

Graciela camina a saltitos, se queda arriba en el aire unos segundos y vuelve a la vereda para saltar de nuevo. Salto con ella porque me lleva de la mano y logro ver los nidos abandonados en los árboles. Me dan pena.

Misia Charito está sentada en la oscuridad, como siempre. La casa es oscura y los ventanales son vitrós traídos de España hace muchos siglos, dicen por ahí. No me puedo imaginar muchos siglos. Apenas me logro imaginar el antes de ayer con la borrachera del Tata a la hora de la comida.

Mientras mi abuela y Charito conversan, yo subo las escalas al tercer piso. En un dormitorio que huele a naftalina yace el esqueleto de un gato. Este debe ser su cuarto. Está ordenado pero lleno de polvo y los muebles también oscuros parecen confesionarios. Entro a uno de ellos.

“Aquí podría vivir una familia entera!” grito. Y escucho un eco: ilia entera tera tera era a a…

“¡Qué estás haciendo aquí, niñito de porquería!” …suena una voz de ultratumba…

Aprisa bajo las escalas y me siento al lado de mi abuela. Misia Charito está contando la historia de una tataranieta que se casó con un capitán de barco que descubrió Las Indias. 


4
Por suerte, ya estoy de nuevo en mi casa. Voy a mirar a mis frejoles y me los imagino que están   soñando. ¿Qué soñará un frejol? ¿Tendrán pesadillas? Entro al gallinero y Shakespeare corre  y vuela a mis brazos. Tiene un lindo plumaje negro y brillante y  manchitas multicolores en el cogote. Su cresta es inmensa, como una montaña…

“¡No te encariñes tanto con ese pájaro, Iancito; un día te lo vas a tener que comer!”

“No le hagas caso a mi abuela, Shakespeare. Nadie te va a comer, te doy mi palabra de hombre. ¿Por qué me dice esa cosa tan terrible, abuelita?¡Y no es un pájaro, es un gallo de pelea para que sepa usted!”

Mi abuela termina de colgar la ropa lavada y vuela hacia la cocina. Yo la sigo y la observo desplumar a Blanca, una de las esposas de Shakespeare. Blanca era blanquísima. Tanto que a veces desaparecía.

“¿Por qué es tan fácil desplumar a la Blanquita, abuela?”

“Siempre resulta fácil el desplumeo, Iancito”. Y se pone a cantar:
“Yo desplumo, tu desplumas, el despluma. Nosotros…!

“Desplumamos”, río felíz “Vosotros desplumáis, ellos DESPLUUUUUMAN!”.

Sueño que mi gallo se come los frejoles; y me meo en la cama de puro odio y maldad.


5
Mi abuela me lleva a la iglesia Los Leones para que me confiese, por si acaso, como dice ella. A mí me gusta confesarme porque puedo inventarle cuentos al curita. Y él no me escucha porque lo único que le interesa es “¿Has tenido pensamientos sucios, hijo mío? ¿Te tocas en la noche?”. Yo nunca he entendido qué quiere decir. Y le digo que sí a todo y me manda a rezar diez padrenuestros y diez avemarías. Los rezos me los tomo muy en serio porque son como poemas misteriosos.


6
De regreso compramos empolvados en la pastelería. Yo me voy comiendo uno sintiéndome culpable por no tener pensamientos sucios ni saber cómo tocarme para agradarle al curita.

“Abuelita, ¿qué son los pensamientos sucios?”

“¿Qué estás diciendo con esa boca inmunda, niñito, por Dios?”

Ahora vamos de regreso a la iglesia a confesarme de nuevo. Mi abuela, furiosa, le regaló el paquete de empolvados a un niño mendigo y ahora me siento culpable por tener zapatos y ropa bonita y el pelo limpio y una casa y una cama… que aún debe de estar mojada por la suciedad que hice anoche. Pienso. Se me ocurre que ahora tengo un pensamiento sucio para contarle al padrecito.


7
¡Han matado a mi Shakespeare! ¡Encontré sus plumas negras junto a un coágulo de sangre! ¡Malditos! ¡Maldita abuela! ¡Maldito abuelo y maldita mamá! Y dónde andará mi papá borracho a quien quiero tanto! ¡Esta noche no puedo comer y voy a dejar de comer para siempre! Para que aprendan! Los muy tarados mentales!

“No llores, Iancito. Tu gallo estaba viejito y había que aprovecharlo. Yo te voy a comprar otro pájaro igualito y te juro que esta vez no lo vamos a comer…”

Mi abuela me hace cariño en el pelo y mi mamá me da un beso en la frente. Pero nada me consuela. Van a tener que meterme en una bolsa de color y colgarme adentro de la chimenea. No quiero vivir más.

Esta mañana enterré lo restos de Shakespeare al lado de mis frejoles que todavía no aparecen y les recé a todos un Padrenuestro y un Avemaría. Ahora me siento tranquilo y un poco más contento. Esta noche vamos a salir a pasear, me prometió mi abuelita. Mientras tanto,  mato hormigas invasoras. Encontré el agujero por donde aparecen y se van en una fila muy ordenada hasta el gallinero a robar caca de gallinas. Yo las interrumpo y las voy matando con fósforos. No me vengan ahora a decir que es pecado porque por cada cien hormigas que quemo rezo un Yo pecador me confieso.


8
Volamos hacia el norte del planeta bajo un cielo estrellado. Mi abuelita quiere que salude a mi papá esta noche. No lo he visto desde que se fue de la casa hace un año. Lo extraño tanto que me duele el corazón todos los días. Pasamos sobre gigantescas ciudades iluminadas y montañas y valles solitarios como yo, algunas veces.

Ahora volvemos a casa y yo lloro aferrado a las manos de mi abuela. Mi papá vive en un subterráneo frío y oscuro en una ciudad perdida por ahí… me abrazó y me dio un beso y no olía a alcohol sino a menta. Me regaló esta moneda de plata de un dollar y ahora estoy despierto sentado en mi cama en la mitad de la noche. Pero si todo fue un sueño, ¿por qué estoy aferrando esta moneda entre mis manos? Grito “!mamá!” y ella acude de inmediato a mi llamado.

“¿Qué pasa, hijo mío? Fue tan sólo un sueño. Duérmete, mi amor”.

“No creo, mamá. Mira lo que me regaló el papá…”


9
“Ahora tengo que descansar, Graciela. Ya estoy viejo y el frío de este amable reino nórdico me cala el alma. Gracias por venir a visitarme esta noche. Gracias por tus locos y tiernos recuerdos. Déjame acompañarte a la ventana para que vueles de regreso donde el Tata”.





jueves, 5 de enero de 2012

LAS ALMAS DE EL COMPRITA




Milagro
Las almas de El Comprita


1

Caupolicán Huenchulán, sobre un esquelético asno blanco, llegó anoche a mi casa en Europa. Traía para mí una carta con la  noticia de la desaparición de El Comprita. Caupolicán me contó que su padre, el cartero Galvarino Huenchulán, subió a Los Andes con la carta en septiembre de mil novecientos setenticinco y se quedó veinte años en el hielo ya que la legendaria fantasma Viuda Blanca.  Ella se oculta por la noches en los ventisqueros y pasos cordilleranos para matar de susto a los transeúntes.  Se enamoró de Galvarino y lo esclavizó obligándolo a tener un hijo con ella. Galvarino, en agonía, le entregó la carta y el asno a Caupolicán , de veinte años de edad, y le pidió que continuara la misión. El joven logró llegar al mar, con hambre y sin dinero  pero con la  misiva en un bolsillo. No encontró trabajo en los embarcaderos y muelles del puerto por lo que se lanzó al océano Atlántico con el animal en una balsa.  Navegaron meses hasta llegar a las costas de España. Allí descansaron durante diez años antes de emprender un largo viaje hacia el norte de Europa, donde yo vivo.

2

Nos conocimos en mil novecientos sesentinueve en el centro de la ciudad. Yo, por costumbre, hacía la cimarra porque odiaba mi colegio y al mundo entero. Un joven de mi edad, dieciséis años, empujaba  un destartalado buque manicero. Se le desparramaron  bolsitas de maní por el suelo;  me miró suplicante. Sin tener otra cosa que hacer y con la oportunidad de comer maní gratis, lo ayudé y nos hicimos amigos. Vivía con su madre en una población de familias indigentes en el sector oeste de la  urbe, ahí donde el río se desborda con saña. Las habitaciones son pocilgas con techos de cartón y los  güarenes se comen vivas a las guaguas.

Yo vivía en una casona  en el lado este, a los pies de la cordillera. Vestía abrigo azul, chaqueta, corbata y zapatos relucientes, y él, camisa y pantalones desgastados y alpargatas carcomida. Le decían El Comprita porque por las noches salía con su buquecito a cualquier cosa.  Alambres viejos alambres oxidados, restos de estufas a parafina, revistas de siglos pasados, botellas, viejas fotografías. Con su elocuencia  lo revendía todo en el Mercado de las Pulgas y compraba más maní para tostar  con su madre para el día siguiente.
Nuestra amistad se consolidó a medida que madurábamos. Yo lo guiaba en rondas nocturnas por las mansiones del barrio alto a comprar objetos curiosos e inservibles y comentábamos  la situación política de Chile. Él me mostraba el nervio de la miseria y la pobreza de nuestra patria. Yo tan sólo conocía la retórica a pesar de estar involucrado en acciones pro gubernamentales. Y cuando la pesadilla del golpe de estado militar irrumpió en nuestras vidas, el Comprita me escondió en su humilde casa.
Su rutina cambió drásticamente. Ya no salía a vender maní. Él y su madre Rosa atendían a innumerables personas que venían a la casita durante el día, tomaban  té  y cuchicheaban hasta el atardecer. Me tenían  prohibido salir de mi cuartito cuando habían visitas.Y en las noches, desafiaba el toque de queda y el estado de sitio y de emergencia instaurados por la dictadura.  Salía con su buque manicero a las peligrosas calles santiaguinas y al agresivo río a rescatar a seres anónimos heridos o asesinados por los soldados y la policía. Los llevaba a los hospitales más cercanos para que los identificaran y no fueran sepultados en fosas comunes en el desierto y declarados "desparecidos".
Con el tiempo descubrí que los visitantes golpeaban en la puerta y preguntaban "¿Compra cosas antiguas?". También vi a través del ojo de la cerradura que traían fotografías...
Una noche me empujó al buque manicero, me ocultó entre objetos antiguos y me condujo corriendo al aeropuerto. La despedida fue muy rápida. Un apretón de manos y una mirada firme a los ojos confirmaba nuestra amistad.
El viaje en avión fue una  pesadilla febril; una maraña de familiares llorando, amadas abandonadas, contraseñas, fotografías de desaparecidos y maní... mucho maní y objetos antiguos.
¿Habrá transcurrido realmente ya casi medio siglo desde estos acontecimientos? Llevé a Caupolicán y su asno al aeropuerto y volví a mi casa a llorar con la carta entre mis manos.

3

11 de Septiembre de 1975 Estimado señor,
debo comunicarle la desaparición de mi hijo Pedro,  conocido entre sus amigos como el Comprita, el Compra Cosas y el Manicero.
Desde su partida él no fue el mismo. Siguió unos meses con su labor de rescatar cadáveres y heridos hasta que una noche llegó a casa con un alma. Había además un alma herida en su carrito.
No teniendo dónde llevarlas -los hospitales no reciben a este tipo de seres, me dijo- las dejó dormitar en el cuartito que usted ocupó  antes de su viaje al extranjero. Pero las cosas se complicaron mucho. Salía todas las noches  a pesar del toque de queda, y volvía a casa con más almas.
Nuestro hogar se llenó de ellas y no teníamos espacio suficiente para vivir. Frente a nuestra puerta había interminables filas de espíritus pidiendo asilo.
Muchas veces llegaron soldados y policías a allanar nuestro hogar, sin resultado alguno para ellos, pues  como usted seguramente sabe, las almas son invisibles.
Anoche llegó el alma de Pedro, su amigo el Comprita, señor, a quedarse conmigo para siempre. Las autoridades lo han declarado oficialmente desaparecido.
Esperando que usted esté bien en su nuevo país, le mando un gran abrazo.
Señora Rosa

Ian Welden, Dinamarca, Chile © 2011

Fotografía de Robinson Hakim
Puerto Montt, Chile.