viernes, 14 de septiembre de 2012

ESTA VIENE A SER COMO LA CUARTA VEZ QUE ESPERO.... INGRATO!






Fotofrafía y collage de Ian Welden 

» Carmen Martín Gaite  (1925-2000) Novelista española

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Una esqueleta vestida con una túnica negra, despechada y solitaria viene a la Isla del Olvido a gritar con furia  "Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero... Ingrato!".
Desde la otra orilla, la Isla de la Soberbia, no hay respuesta. Ingrato ya no está.


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La alquimia de la pasión y del odio engendró en su alma un feto enfermizo y
venenoso. Aún minúsculo, una célula.

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La primera vez que la mujer fue a la isla a rogarle compasión a Ingrato, estaba convencida de
de que volvería a ella. Le enviaba mensajes de amor en botellas de cristal,  barquitos de papel y señales de humo. No lo comprendía. Un amor que debería haber durado años.
Se había vestido de blanco cual novia virgen. Se había cepillado el cabello mil veces y lo adornó con claveles. Cantó El Himno a la Alegría pero Ingrato no escuchaba. Estaba muy lejos con otra mujer y ella lo percibía en su corazón.
Despechada, desató una tormenta de nieve sobre la Isla de la Soberbia. Sorprendida ante su  poder, tramó más venganzas para la próxima vez.


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La siguiente vez, llegó desnuda a su isla . Su cabello larguísimo y negro flotaba en el aire. Llamó a Ingrato y se sentó en la arena a esperarlo en vano. Sintió la soledad en los huesos y lloró las pocas lágrimas que le quedaban.
Esperó así diez años. No durmió ni se alimentó y su otrora bello cuerpo parecía ahora un esqueleto amarillo y polvoriento.
Pero conservaba con mucha fuerza su amor por su hombre y su poder sobre el agua, la tierra, el aire y el fuego. Y desató con violencia estos elementos sobre la Isla de la Soberbia, dejando  destrucción por doquier.
Ingrato, al otro lado del planeta, se remeció en su acto sexual y perdió su potencia. Su nueva mujer, decepcionada, lo ridiculizó y abandonó para siempre.
En la Isla del Olvido la mujer sonrió por primera vez en tantos años.


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La penúltima vez, la mujer llegó a su isla vestida como adolescente. Una falda corta, calcetas negras hasta las rodillas y anteojos de sol. Cantó viejas canciones rock mientras fumaba marihuana. Llamó a Ingrato con una voz lánguida..
Sus vestimentas colgaban de sus huesos como en un ropero. Se percató de su imagen patética. Nada seductora.
Al cabo de cincuenta años sentada en la arena, causó un terremoto grado ocho en todo el planeta y volvió a su casa a dormir cien años.
Ingrato, al otro lado del mundo, sufrió las repercusiones del sismo. Cayeron sobre él toneladas de restos de edificios, carreteras, letreros luminosos, animales... y murió..


El final
Una esqueleta vestida con una túnica negra, despechada y solitaria  viene a la Isla del Olvido a gritar con violencia "Hoy viene a ser como la última vez que te espero... Ingrato!".
Desde la otra orilla, la Isla de la Soberbia, no hay respuesta. Ingrato  no está más. 

5 comentarios:

  1. Te felicito. Ían, tu creación me ha dejado con la boca abierta. Esa terrible desolación de la mujer la veo como una metáfora de la soledad en que tantos billones de seres viven y mueren en éstos tiempos de enajenación.
    Y el testarudo Ingrato muere víctima de su propia e inhumana ley.
    Felicitaciones una vez más.
    Sylvia.

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  2. Ingrato somos todos. En algún momento hemos dejado de agradecer a la vida lo que nos ha regalado.
    Un abrazo, gracias por visitarme.

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  3. No sabemos lo que tenemos, por eso somos desagradecidos.Yo también te felicito por tu buen hacer.Un placer Ian.Saludos

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  4. Bello cuento de amor desencantado, a veces el desamor puede hacer que se abra la tierra, y que se queme el mundo,... y nada mas peligroso que una mujer engañada amigo, me gusto la mistica y la magia que le ofrendas a tus relatos, un placer leerte,...volvere por mas...

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  5. muy buen escrito!!!
    me fascinó el juego de palabras con las islas... creo que sobre el tema, las mujeres a veces esperamos más de los hombres... tanto que los idealizamos y dejan de ser ellos mismos. otras veces les damos tanta importancia a su presencia en nuestras vidas que se nos olvida vivir la propia...

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