sábado, 29 de septiembre de 2012

EL HOMBRE EN PENA








Soy el padre Francis y me muevo entre hombres que necesitan de mi ayuda. Son seres que por alguna razón han tenido conflictos graves con la ley y la sociedad. Llevo en mi alma secretos de crímenes bestiales que quisiera olvidar. No duermo por las noches y mis confesiones con mi superior, el padre Johannes, no me ayudan. Llevo este bagaje de pecados mortales solo.

Mis relaciones con las autoridades de este recinto y con la policía son cordiales, pero profesionales. No debo colaborar con ellos. Soy sacerdote y  no puedo perder mi autoridad ante mis feligreses al violar mis juramentos de silencio.

Medito mucho. Intento volver a mi niñez donde todo era inocente y la vida era un juego. Yo pretendía ser  el arcángel Gabriel y con mi espada de fuego eliminaba al enviado por Satanás a causar el caos en mi mundo. Y a mi víctima infame la enterré en el desierto que quedaba fuera de los límites del Paraíso.

Era un tiempo de pecadillos que a nadie hacían daño. Como en los juegos en el patio del colegio donde una pequeña zancadilla  significaba sólo una reprimenda: "Francis, ¿otra vez usted?".

Nací grande, torpe y con una fuerza desmesurada en mis manos. No podía cortar una flor sin desintegrarla ni tomarle la mano a una niña sin lastimarla. Mis compañeros y compañeras del colegio me apodaron "el gigante feliz". Desde temprana edad impuse mi voluntad porque me temían, pero me sentía solo.

Un día, la policía encontró  un niño muerto en un edificio en construcción contiguo a nuestro colegio. Era Erik Skovgaard, nuestro compañero desaparecido. Fue asesinado con un instrumento de fierro y enterrado en la arena. Nunca se descubrió al asesino. Pero yo lo sabía todo.

El padre Johannes me despierta de mis recuerdos. Quiere que me confiese. "Padre Johannes, le digo, no tengo nada nuevo. Usted insiste  y yo le repito una vez más, como también le digo a la policía, que  no voy a entregarle información que perjudique a la gente que confía en mí. Sus pecados los guardo bajo siete sellos. Le ruego que me deje en paz. Estoy orando..."

 En mi juventud, una mujer se enamoró de mí. Era hermosa, me cuidaba y me decía "Te amaré por siempre..." Pero intruseaba cuando yo me encontraba en la oscuridad. Un día apareció degollada en su casa; la policía dijo que había sido un ladrón. Pobre mujer, no recuerdo su nombre.

En este recinto carcelario, tengo mi oficina con cierta privacidad . Queda al lado de la del padre Johannes. Extraño mi casa, porque ahí no llegan estos centenares de pobres diablos a contarme sus bestialidades. Ahí puedo ser yo mismo,libre y, además puedo jugar...iba a decir impunemente... tranquilamente a que soy el arcángel con mi espada de fuego.

Las filas de entes que vienen a confesarse me resultan transparentes, sin rostros. Monstruos anónimos que vomitan las mismas porquerías que conozco de memoria. Lo sé todo de antemano. Es como si esas fechorías las hubiera cometido yo. Las cometí yo. Yo soy ellos, y siendo ellos no recibo absolución. Tan solo una palmadita en un hombro, una sonrisa de compasión un ave maría o un padre nuestro, hijo mío. Quisiera dejarlo todo y escapar. Pero no puedo.

El padre Johannes es autoritario, tiene una fuerza que se le vé en los gestos y en sus ojos. Muchas veces le he expresado mis ansias de volver a casa, ser libre, pero el me mira firmemente y comprendo. Es como si me preguntara "¿Has perdido la fe, Francis?".

Entonces debo seguir escuchando las voces y viendo las miradas de las víctimas de estos desalmados, niñitas violadas, mujeres degolladas y enterradas en un bosque, niños estrangulados tirados al mar... para qué seguir, Dios mío.

Hoy tengo una reunión con la policía y el psiquiatra de la cárcel. También asistirá Johannes. La policía necesita pruebas concretas y confesiones de los crímenes. Ellos me van a proponer un trato. Creo saber qué es: Johannes, el muy infame, traidor, ¡JUDAS! va a romper sus juramentos  y va a revelar mis confesiones. La policía y el psiquiatra me propondrán decir la verdad y me ofrecerán la conmutación de la pena de muerte por cadena perpetua por razones de enfermedad mental.

Fotografía "El Hombre en Pena" de Ian Welden. Copenghgue 2007.



Publicado en Espacio Latino LETRAS URUGUAY

1 comentario:

  1. Ian, un relato que da para pensar y que es totalmente real.

    Buen fin de semana, besos

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