sábado, 8 de septiembre de 2012

EL CLUB DE LOS CABALLOS DEL ALMA

 
 "Más fácil es encontrar un amor apasionado que una amistad perfecta.", Jean de la. Bruyere

               "Alguien dijo que la amistad es como una llave de cristal: abre las puertas de la compañía y cierra las de la soledad. Pero si esta llave se rompe, nadie podrá arreglarla". María Duval.


Cuando mi niñez estaba a punto de expirar, la vida me regaló un año más de pura infancia.
Construyo un castillo de la arena a orillas del Océano Pacifico y un niño se acerca a observar. "Está muy lindo, pero le falta una bandera", me dice. "Toma, puedes usar la mía...". Y me entrega un envoltorio de caramelo ensartado en un ramita de pino.
 Y nos vamos al mar a buscar almejas que luego dividimos en dos montoncitos. Uno para su mamá y otro para la mía.
"¿Cómo se llama tu mamá?"
"María, ¿y la tuya?"
"Rosa."
"¿Ella es la que hace uniformes para el colegio?"
"Sí, ¿por qué?"
"Por nada..."
"¿Y tu papá?"
"No tengo. ¿Y el tuyo?"
"Tampoco tengo."
"¿Y cómo te llamas tú?"
"Juan, ¿y tú?"
"Pedro."
"Corramos por la playa."
"¡Ya!"
Vive en una casita blanca, de adobe. Su mamá hace empanadas y pasteles para pagar los gastos. La cocina es oscura y huele a banquete de reyes. Pedro duerme con sus tres hermanos menores en una habitación llena de colchones en el piso de tierra. Hay una ventanilla con vista a los cerros. La señora María me regala una empanada con dulce de membrillo. Sabe a cielo.
Vamos a mi casa. También es de adobe, pintada de verde. Mi mamá es costurera y lava también ropa ajena. Duermo en la pieza de mi mamá, no tengo hermanas ni hermanos. En un rincón de la cocina está la máquina de coser. A Pedro le llama la atención la palabra "SINGER" inscrita en un costado de la máquina. Y la manivela color de oro.
"¿Es de oro, señora Rosa?"
"No, mijo, que va a ser de oro..."
"¿Y qué quiere decir SINGER?"
"¡Ah! ¡Ya sabes leer! ¿Vas a la escuelita?"
"Sí, señora."
"Juan empieza este año. Ya le hice su uniforme."
"¿Me puede hacer un uniforme, señora Rosa? Nunca he tenido..."
"Veremos, veremos, mijo...."
Al atardecer Pedro y yo nos sentamos en las rocas a mirar la puesta de sol. El cielo se tiñe de rojos y violetas violentos. "El sol es de fuego", le digo a Pedro. Increíble,  dice él. El mar está tranquilo como si se quedara dormido. ¡Y ya!, desapareció el sol en el agua. Nos quedamos mirando el horizonte. Le digo a Pedro que por allá hay barcos perdidos. Él asiente, como si fuera un hecho conocido por todos.
"Me tengo que ir a mi casa a comer."
"Yo también."
"¿Nos juntamos mañana a cazar jaivas?
"¡Ya! ¡Temprano, aquí mismo!"
Ya es de noche. Mi mamá trabaja en la cocina. Yo no puedo dormir. Pienso en Pedro y en el uniforme que tal vez le haga mi madre. En las jaivas que cazaremos mañana. Y si cazamos jaivas, ¿qué haremos con ellas? ¿Matarlas? ¿Y para qué? Tal vez la señora María sepa hacer empanadas de jaiva... Ha sido un buen día... ¿Estará aún mi castillo...?
"Hooola, ¿desayunaste?"
"No, ¿y tú?"
"Tampoco."
"Traje este tarro para poner las jaivas."
"Oye, Pedro, ¿qué vamos a hacer con ellas?"
"Se las podemos dar a mi mamá para que haga empanadas."
"¡Ah!"
"Oye, ¿no te da penita matar jaivas?"
"Sí, mucha... Especialmente cuando pienso que tienen hijos como nosotros..."
"Pero es lo mismo con los pescados... verlos ahí muertos... ¿se irán al cielo?
"Yo creo que sí; un cielo especial para jaivas y pescados."
Está amaneciendo. El día viene gris y frío y el mar está intranquilo. Levantamos piedras y corren muchas jaivitas bebés a buscar otro refugio. Pero nosotros buscamos jaivas grandes. Estas se encuentran bajo las rocas, en cuevas oscuras.
"¡Ahí hay una grande!, ¡pégale un piedrazo!"
"¡No me atrevo! ¡Pégale tú!"
"¡No! ¡La puedo matar!"
"¡Trata de meterla al tarro!"
"¡Ya!"
Y ahí está la enorme jaiva adentro del tarro. Nos damos la mano, orgullosos de nuestro trofeo. En total cazamos cinco y nos dio hambre. La señora María sonrió y nos dijo que nos haría unas enormes empanadas. Nos sirvió pastel de maíz y té con leche bien azucarado. Y nos fuimos a la playa.
"Oye, Juan, ¿crees que tu mamá puede hacerme un uniforme?"
"Yo creo que sí..."
"¿Así, cafecito entero, como el de todos los otros?"
"¡Claro! ¿Por qué no?"
"El año pasado yo era el único sin uniforme y todos se reían de mi."
"No te preocupes, amigo, este año no va a pasar lo mismo."
"Oye, Juan...¿De verdad somos amigos?
¿Amigos del alma?"
"¡Seguro, los mejores amigos del alma!"
"Yo nunca había tenido uno...."
"Yo tampoco..."
"¡¡Te corro hasta esas rocas!!"
"¡¡Ya!!"
Fuimos a almorzar a mi casa. Mi mamá estaba terminando un uniforme cafecito. A Pedro le brillaron los ojos.
"A ver, Pedrito, pruébatelo."
"¿Es para mí, señora Rosa?"
"Sí pues, mijo, anda, pruébatelo."
"¿Y cuánto va a costar? Mi mamá no tiene plata..."
"No te preocupes, Pedrito, ahí nos arreglamos."
El uniforme le quedó a la perfección. Mi amigo del alma no cabía en sí de alegría. Corrimos a mostrárselo a la señora María y ella también se puso feliz.
"Juan, voy a ir a visitar a tu mamá para agradecerle. ¿Le gustan las empanadas de carne o de queso?"
"De las dos, señora María..."
"¿Y el pastel de maíz?"
¡Si! ¡Sí, señora María! Le gusta de todo."
"¡Ah! Y ahí están las empanadas de jaivas para ustedes... ¡Buen provecho!"
Nos fuimos a "nuestro lugar" entre las rocas. Pedro estaba pensativo y más callado que de costumbre. ¿Pensaría en su nuevo uniforme que mi mamá estaba cosiendo, poniéndole botones dorados y una insignia de la Escuela Básica No. 7?
"¿Qué te pasa, Pedro?"
"Oye, Juan, ¿estás seguro de que tu mamá me va a regalar ese uniforme?
"¡Claro que si!"
"Creo que si somos amigos del alma tenemos que hacer un club!"
"¡Buena idea! ¿Y ponernos un nombre?"
"Sí, ¿qué te parece LOS CABALLOS DEL ALMA?"
"¡Me parece caballo! Y tenemos que hacer un juramento también."
De pie, con solemnidad juramos por nuestras madres que seríamos amigos del alma  hasta la muerte y más allá. Y que Los Caballos del Alma sería un club secreto y exclusivo.
"Ahora tenemos que darnos la mano."
"Sí. Aquí tienes la mía..."
"Y la mía."
Aquí interrumpo este recuerdo. Es mediodía en Valby, Copenhague, mi hogar desde hace  treinticinco años. Está nevando y debo salir a comprar con cuidado, con mi bastón.
Yo creí tanto en el Club de los Caballos del Alma.
Ahora, con mis sesenta años a cuestas aún lloro al recordar que mi amigo Pedro se olvidó  del juramento y de nuestra amistad. Ahora, después de más de cincuenta años, aún me duele que apenas recibió el uniforme escolar me dejó de lado...
Qué tonto soy.

Fotografía y diseño de Ian Welden.


Publicado por REVISTA DE ARTE Y CULTURA ARENA Y CAL
http://www.islabahia.com/arenaycal/2011/181_abril/ian_welden181.asp

Publicado REVISTA SHEREZADE CALIFORNIA
http://home.cc.umanitoba.ca/~fernand4/club.html



5 comentarios:

  1. Qué precioso relato querido amigo Ian, se siente el latir de los corazones de Juan y Pedro.
    De una escala de 1 a 9 le pongo un 100! Así te tanto me gustó.
    Felicitaciones y besos,
    Sylvia.

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  2. Podías haber caído en esa trampa fácil del final feliz que a todos entusiasmaría. Pero no. Como la vida misma, el relato deja al lector con el regusto amargo del desengaño conocido. No consuela, pero consuela -qué paradoja-, comprobar que una no es la única que, una vez, tuvo, creyó y sufrió por su propio Club de Los caballos del Alma. Un relato magnífico, que me ha enternecido. No he podido evitar una media sonrisa, de esas tras las que se ocultan a partes iguales una mirada dulce de complacencia ante la ingénua bondad, nostalgia y pena, Ian.

    Un cálido abrazo al niño que aún habita en el hombre del bastón

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  3. Que lindo relato Ian, ¡la niñez! , cuantas nostalgias, que bellos eramos, y crueles también.Un besito Ian.

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  4. Hermoso relato Ian. Me ha gustado mucho.
    Abrazos. Rosa.

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  5. Querido Ian:
    Tu relato me llegó directo al corazón...durante su lectura, un duendecito en mi cabeza me preguntaba, Y dónte esta Lucho ?, qué pasó con nuestro club a dos llamado "Rayo", etc.
    Braaaavísimo !!!
    Raul G.

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