sábado, 20 de octubre de 2012

EL PASEO





  Dibujo de Sidsel Welden, Copenhague 1996
                            
                          "Creo que las pesadillas me dicen cosas sobre mí misma que necesito saber. Y trato de entender lo que significan, para así poder saber algo más acerca de mi propia alma." -Tori Amos



La  niñita cantaba por la calle.Iba saltando porque iba a juntarse con su papá. Era la primera vez que salía sola por la ciudad y tenía las instrucciones  acerca de qué autobús tomar y  bajarse en la parada cerca del Cementerio General.


Tenía siete años de edad. Su felicidad era inmensa y su confianza en la humanidad era total. Había recorrido este paseo muchas veces con su padre. Conocía cada recodo, cada edificio, las estatuas, tiendas y supermercados. Él le había dicho que ya  podía caminar sola por el mundo pero que la esperaría en la parada final del autobús.


Ella sentía un orgullo de ser "grande". Iban a comprar zapatos y luego a tomar helados con torta en la pastelería La Sabrosa. En el autobús observaba los pasajeros y los imaginaba en sus quehaceres diarios. Esa señora es secretaria... ese señor es pintor... esos jóvenes son enamorados... Dos pequeños de su edad sacaron la lengua. Ella sintió un dolor en el estómago. Esa niña es estudiante... ese viejo... el viejo se volvió a mirarla  y le hizo una mueca agresiva. La niña se sintió un poco enferma y confundida. Finalmente llegó a la parada donde su padre la esperaría y se bajó del vehículo. Pero su papá no estaba.

¿Habré llegado demasiado temprano, o demasiado tarde? se preguntó, con un nudo en la garganta. Ya eran las siete, según el reloj de la iglesia. Esa era la hora acordada. Intentó guiarse observando las vitrinas de los negocios pero no las podía reconocer. Se percató de la temida verdad; "Estoy perdida!" Observó a los transeúntes e intentó elegir a alguien a quién pedirle ayuda, pero todos caminaban de prisa, ensimismados y con los ojos cerrados, como ciegos. Se percató que el viejo del autobús la miraba con  ojos acusadores y una mueca en sus labios resecos.

Las tiendas encendieron unas luces opacas y tristes mientras el sol se escondía  tras los edificios y tumbas del gran Cementerio General. Las vitrinas exhibían seres humanos destrozados, cráneos a treinta pesos cada uno, osamentas para la sopa a cincuenta pesos el kilo, niñitos colgando de garfios a cien el par, intestinos delgados y gruesos a veinte pesos el medio kilo. Corrió aterrorizada entre la multitud de seres horribles y monstruosos, y un poco mas allá el viejo corría tras ella con los brazos extendidos. La niña se desplomó desconsolada y el viejo la levantó enérgicamente de los hombros.
"¡Qué te pasa, hijita! ¿Por qué corres y lloras? ¿Estás enferma? ¿Acaso no reconoces a tu abuelo?"
El anciano la tomó de una mano y la condujo a la parada de autobuses donde estaba su padre. Él la abrazó y le dio las gracias al abuelo. Los tres se fueron caminando tomados de la mano y sin prisa. por la hermosa Avenida de los Despertares.
Las vitrinas se llenaron de juguetes y objetos fantásticos. Los paseantes sonreían y la  niña volvió a brillar como un solcito recién lavado.



PUBLICADO POR REVISTA LITERARIA AZUL@RTE CANADA

4 comentarios:

  1. Pobre niña. !Terrible pesadilla!

    El despertar siempre nos deja a las puertas de la luz.

    Saludos

    ResponderEliminar
  2. Uff! que horrorosa pesadilla Ian,a veces nos quedamos a ciegas en la oscuridad, pero tratándose de niños es terrible.Un beso y que tengas una buena tarde.

    ResponderEliminar
  3. ¡Ufffff!, Me pareció que estaba viendo una película de esas que te aferras al asiento sin mover un sólo músculo del cuerpo. Lo contaste de tal modo.., amigo Ian. Pobre pequeña...

    Un abrazo

    FINA

    ResponderEliminar
  4. Como toda buena pesadilla, el final es bonito, ganò el amor y la familia.

    un abrazo

    fus

    ResponderEliminar