sábado, 27 de octubre de 2012

LEIVA GALLARDO


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 Una  casita blanca de adobe, álamos, un camino de tierra, la Cordillera de los Andes, y un jinete en su cabalgadura. Y el cielo azul virgen con nubes casi transparentes.


La mayoría de nosotros ha dibujado esta escena cuando niños. También pintores profesionales lo han hecho tal vez con mayor destreza.

En el comedor de mi casa, en Santiago de Chile, hace mil años atrás, colgaba un óleo con estos elementos. Yo me asombraba cada vez que elevaba mis ojos con religiosa humildad hacia la pintura. Había una firma, abajo, a la derecha.

Leiva Gallardo... leía yo con admiración.

Nunca supe si era un afamado pintor chileno. O un desconocido autor de obras  de un pueblo fantasma en el desierto de Atacama. Ese cuadro cuelga ahora en mi estudio en Valby, Copenhague. Me lo regaló mi madre como reliquia en vísperas de mi partida hacia el Viejo Mundo.

Ha colgado en decenas de viviendas en España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra y, ahora aquí, en el reino de Dinamarca. En sótanos iluminados por velitas de navidad o visitados por arañas en rincones húmedos de Barcelona. Desvanes llenos de luz invernal y ventanillas sin vidrio en las estepas de Laponia, donde vientos gélidos me consolaban en las  madrugadas. O en una habitación de algún castillo medieval en el sur de Francia

¡Leiva Gallardo, mi alma! Este cuadro es inmortal y ahora, en la que espero sea mi penúltima morada, lo admiro con la misma fruición con que lo hacía en mi infancia.

Un día decorará las paredes de mis hijas. O descansará en una tienda de cachureos en el Puerto Viejo del reino danés. O junto a los polvorientos diarios de vida de Hans Christian Andersen, o de los cuadernos angustiados de Søren Kirkegaard y la ya anciana estatua de La Sirenita.

Anoche soñé que yo estaba afirmado contra una pared de la casita de adobe. No había brisa y un sol tibio de septiembre calentaba mis huesos. Un jinete avanzaba hacia mí por el camino de tierra. Se detuvo a mi lado y me dijo "Buenos días, caballero. Leiva Gallardo para servirle..." Me tendió una mano arrugada como la corteza de los álamos. Descendió del caballo, y de su morral  sacó pinturas, pinceles, una paleta de pintor, un atril y una tela blanca. Y se dispuso a pintar.

Una casita blanca de adobe, un camino de tierra, álamos, la Cordillera de los Andes al fondo y un jinete a la distancia.Y el cielo azul virgen con nubes casi transparentes.

Cuando terminó, me entregó el cuadro. Guardó los utensilios en su morral, montó y me hizo una señal con su mano. Y se alejó tan lentamente como había llegado.

Ahora aquí en mi estudio, ya despierto, tengo dos cuadros idénticos de Leiva Gallardo.


Tomado de Espacio Latino

3 comentarios:

  1. Ian bonito relato...siempre es bueno tener un objeto fetiche que nos una con nuestras raíces...y que haya transitado con nosotros el camino de la vida...espero que ese cuadro pase a manos de tus hijas y que tus nietos miren ese mismo cuadro para recordar la hermosa tierra lejana que un día te vio nacer...
    un abrazo

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  2. Precioso relato, Ian. Hay dos cosas que me atrapan por igual. Una de ellas es esa capacidad tuya para mezclar lo ficticio y lo real y hacer que ambos se me aparezcan igualmente factibles, realizables. La otra, las vivencias y sentimientos del propio cuadro más allá del mero lienzo. Como si éste me transmitiera lo que siente mientras tú narras su viaje, tu viaje vital.

    Con frecuencia pienso en los míos y en su porvenir como si fuesen carne de mi carne. A uno los hijos siempre les encuentra una belleza que tal vez los demás no ven... y me pregunto qué será de ellos cuando yo no esté; luego, cuando alguno parte mis emociones se dividen: alegría porque alguien lo escogió, alguien sintió algo íntimo más allá de lo exterior por él, pero a la vez me invade un halo de tristeza al dejarlo partir sin saber qué será de él. Leiva Gallardo tuvo suerte, cuando llegó a vuestra casa, encontró un hogar: su hogar, donde siempre habrá una mirada de niño que imagine y admire mientras sorbe su sopa...

    Mientras fuera de mi cabaña sopla un viento fuerte y helador, un fuerte y cálido abrazo

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  3. Ian, pincelas una historia por la que nos haces viajar y soñar.
    Gracias.
    Abrazos

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