domingo, 14 de octubre de 2012

LAS VIDAS DEL TIEMPO


Montaje y diseño de Ian Welden 1996

Las vidas del tiempo


“Silencio en la noche
ya todo está en calma
el músculo duerme
la ambición descansa..."
Carlos Gardel



¿Cómo no acordarme? Fueron tiempos milagrosos en que el mundo giraba  para mí.
Cada paso dado era una aventura prodigiosa. Mis padres me protegían con orgullo y aprendí a utilizar mi curiosidad; investigaba los misterios de las cosas que hicieron de mi temprana existencia una experiencia más asombrosa.

Caracol caracol
saca tus cachitos al sol.


Eran pequeñas cúpulas labradas en madera y barnizadas por el rocío. Con sus cuatro minúsculos tentáculos coronaban las delicadas y enigmáticas joyitas, los caracoles  desfilaban por el jardín de mi infancia, dejando una estela plateada al pasar. Fueron mis primeros amigos. En esos tiempos  en que cada cosa no estaba en su sitio, podía contar con ellos. Siempre estarían esperándome.

También contaba con mis padres. Era reconfortante ver a mi padre trabajando en su taller de carpintería, siempre sonriente con su pipa colgada de la boca. Y a mi madre tendiendo sábanas blanquísimas a la brisa, cantando "La Comparsita" a todo pulmón bajo el sol de una mañana de diciembre.

"Si supieras que aún dentro de mi alma
Conservo aquel cariño que tuve para ti..."


Me fascinaba vagar por entre los nogales que rodeaban nuestra casa y observar a los gorriones que anidaban en las ramas cuando la primavera irrumpía en el jardín. Más adelante, treparía esos árboles  y dejaría gusanos y migas de pan en los nidos jugando a ser el viejito pascuero.
A veces caían avecillas y yo las recogía con cuidado, las atendía y alimentaba hasta que morían. Y ya siendo adolescente, las mataba con fruición con el flamante rifle de aire que mis padres me regalaron una  Navidad.

Estaba muy lejos de sospechar que un día atravesaría con mi bayoneta el estómago  de un soldadito aterrorizado como yo, y que este gemiría "¡Mamá!" antes de caer en el lodo cubierto de cadáveres.

Si. Así, un día cualquiera, precipitadamente y para siempre, puede terminar el encanto de la niñez.

Mis padres murieron  en silencio cuando cumplí los veintiún años. Yo venía llegando de una guerra masiva y desalmada convertido en un monstruo. Los enterré en el patio trasero de lo que quedaba de nuestra casa, escupí al cielo con menosprecio y me sentí desolado y enfermo como esas avecillas que caían del cielo.

Vagué por los escombros de la ciudad con mi fusil cerca de mi corazón, buscando no sabía qué. Sentía que el universo entero se había transformado en un cementerio donde hordas  hambrientas y temerosas deambulábamos sin destino recogiendo coles y patatas de las cenizas. Dormíamos en las cáscaras de los otrora vanidosos rascacielos puentes y palacios.

Los maestros en la escuela nos señalaban que el ser humano, de todas las criaturas, es el animal con más capacidad de sobrevivencia y adaptación. No sé de dónde ni cómo reaparecieron el sol, la luna y las estrellas.
Las calles y los edificios fueron lentamente reconstruidos y el viento dulce brotó a borbotones desde las montañas sanando por un tiempo nuestra locura colectiva.

Volví  sin fusil a mi casa destruida, a mi jardín y al canto fantasmal de mi madre.

"Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.

Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor..."


Inspirado por el recuerdo de mi padre, su martilleo y su aroma a maderas,  armé poco a poco el rompecabezas de mi hogar.
Trabajé cinco años en  soledad. Iba todos los días a las siete de la tarde a bañarme y comer en los campamentos de la Cruz Roja y luego daba un paseo nocturno por la ciudad ya  maquillada y coqueta.
Como aún no existía el dinero, un vaso de cerveza o de vino era ofrecido gratuitamente todas las noches por el nuevo gobierno del Presidente.Y en la centenaria y oscura taberna "El Vagabundo Feliz" conocí a un ser maravilloso que me arrebató de la soledad regalándome nuevamente mi vida.

Yo había violado a hembras durante la guerra. Era parte de la estrategia para desmoralizar al enemigo pero también un inspirador botín para los soldados. Nuestros oficiales y dirigentes medían nuestro compromiso y heroísmo por la cantidad de violaciones a nuestro haber. Ellos también lo hacían elegantemente ocultos en sus búnkeres y fortines.
Pero el bendito acontecimiento de ser consolado de las desdichas, absuelto de los pecados y codiciado por una mujer me transportó a una serena realidad aún no conocida. Esa misma noche me la llevé de la mano a vivir conmigo y ya al día siguiente colgaban delicadas cortinas rosadas en las ventanas y avecillas alborotadas tomaban baños de luz en las posas de sol en el jardín.

Me purificó con su mirada y me domó con su cuerpo generoso. Me enseñó los secretos y significados de las estrellas que contábamos por la noche. Yo le mostré a mis amigos los caracoles y recogíamos las avecillas caídas para volver a ponerlas en sus nidos. Nos amábamos en las madrugadas mientras los roqueríos de las playas nos protegían cual guardianes descomunales. Nos alimentábamos de exóticas criaturas multicolores que el mar nos ofrecía con ternura. Y bebíamos aguas afrodisíacas de las fértiles vertientes que brotaban de las colinas para nosotros.

Reíamos.Yo no lo hacía desde mi infancia. Reíamos juntos y bailábamos con ternura los melancólicos tangos que llegaban desde algún misterioso país lejano, cansados y crujiendo, a la vieja radio de mi padre.

"Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio
la golondrina un día su vuelo detendrá..."


Y mi golondrina detuvo para siempre su vuelo una silenciosa tarde de verano. Construí un ataúd de madera de pino y la enterré al lado de la tumba de mis padres. Nuestro hijo de apenas dos años de edad lloraba desconsoladamente como yo.

Y así se nos pasó el tiempo  hasta que un día abrí los ojos y el niño estaba en mi taller serruchando y martillando cual carpintero virtuoso. Fumaba de mi pipa y se rascaba la barba y los bigotes cubiertos de aserrín. En la cocina, una adolescente de cabellos negros y ojos azules producía aromas y vapores exquisitos.

Me levanté de mi sillón milenario dejando para siempre en sus almohadones mis lágrimas ya secas.  Me dispuse a vivir nuevamente.
La ciudad estaba irreconocible con sus rascacielos prepotentes, sus luces tricolores y sus esquinas pobladas por seres violentos.
Gigantescas pantallas multicolores colgaban de los edificios exaltando a las multitudes a comprar y a votar por El Padre o por El Presidente. Los árboles de las alamedas y las íntimas y amistosas placitas habían sido desplazados por construcciones de vidrio y metal, en cuyo interior habían ciudadelas que imitaban  lo que ocurría en el exterior. Y la bulla, cruel y ensordecedora que había reemplazado el silbido del viento, el canto de las aves, el susurro del mar, el cálido murmullo de las conversaciones y el silencio de los caminos.

El Padre, un general de ejército  popular por sus triunfos bélicos, tenía al país en su bolsillo. Pero quería más. Tenía grandes ambiciones políticas, visiones de un imperio global. Necesitaba consolidar su posición de dirigente máximo ante el mundo entero mediante un evento electoral definitivo que derrotara para siempre a su rival El Presidente.

"Caminito que entonces estabas
bordeado de trébol y juncos en flor
una sombra ya pronto serás
una sombra lo mismo que yo..."


Esa noche soñé con mi golondrina. Extendía sus manos y me invitaba a ir con ella.

Mi hijo y su mujer tuvieron dos mellizas que con el tiempo aprendieron a quererme. En un comienzo  lloraban cada vez que veían a este viejo loco y peludo vagando por el jardín cazando mariposas o  hablándole a las tumbas ya cubiertas de musgo tiempo.

Mi hijo y su mujer trabajaban día y noche en la carpintería, y sintiéndose abandonadas como yo, las mellizas venían a mi y yo les contaba acerca de mi niñez, de mi golondrina perdida y de las avecillas caídas que yo consolaba en sus agonías.

Un día amanecí muy viejo. Mis nietas  convertidas en dos mujercitas hermosas me ayudaban a sentarme en mi sillón frente al televisor. Me interesaba ver los noticiarios y seguir el proceso electoral. Más adelante me trasladé al viejo dormitorio mío y de mi golondrina desde donde podía vigilar su tumba, oler los últimos resquicios de su perfume e intentar ordenar mis tantos recuerdos desarmados.

Un atardecer cálido yo  escribía estas memorias cuando las mellizas irrumpieron en mi cuarto con lágrimas en los ojos. Yo entendí y lloramos juntos. Yo creía que había perdido mi habilidad de llorar de pena. Mi hijo entró vistiendo mi viejo uniforme de partisano. Con una ametralladora colgando de su hombro izquierdo me dio un abrazo. Y se fue, así no más, con su mujer y sus hijas a las montañas.

Y nuevamente comenzó la matanza y la locura colectiva. Mi casa fue ocupada por las tropas azules de El Presidente. Eran niñitos  asustados. Me dejaron en paz en mi cuarto y me traían el desayuno y la cena puntualmente. Salían a hacer sus terribles crímenes por las noches.

Volvían ebrios y ensangrentados en los crepúsculos. A veces traían en sus hombros a algún cadáver azul. Otras veces traían a prisioneras a quienes violaban y torturaban para luego lanzarlas a las calles incendiadas. En medio de la  orgía  se escuchaban las voces ocultas El Padre y El Presidente en la radio. La televisión sólo mostraba imberbes películas desteñidas de Elvis Presley.

Y luego todo fue interrumpido por el siniestro silencio de la derrota de todos.

Ahora después de un año de soledad en esta habitación, escucho una vez más los entusiasmados quehaceres de la reconstrucción. El Padre y el Presidente han hecho un pacto de colaboración y amistad.

Los veo en mi televisor, sonrientes cual comercial de dentífrico. De mi hijo y su familia solo el lejano y frío rumor de las montañas. He sobrevivido lamiendo  las escasas raciones que dejaron los soldaditos.

Pero ya estoy muy cansado y le temo a la vida. Mejor será salir al jardín y tenderme a dormir entre los lirios que cubren la tumba de mi golondrina. Alguien por ahí se encargará de apagar la luz y cerrar la puerta para siempre.

"Acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos
de los buenos momentos que antaño disfruté
cerquita de mi madre santa viejita
y de mi noviecita que tanto idolatré..."

Citas de Carlos Gardel

Publicado por REVISTA AZUL@ARTE CANADA
http://revistaliterariaazularte.blogspot.dk/2009/09/ian-weldenmilagros-las-vidas-del-tiempo.html

4 comentarios:

  1. Maravilloso, ian. Una vez leídas las primeras 10 líneas tu narración se hace fluída y agarradora.
    Pocas veces he leído un cuento como este tan lleno de amor y dolor y donde los acontecimiéntos por los cuales atravieza el protagonista me han hecho pensar en mis primero libros de historia en la escuelita. Creo que es lo mejor que has escrito hasta ahora. "Las vidas del tiempo", qué acertado el título.
    Un abrazo y muchas felicitaciones,

    Sylvia

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  2. Un gran saludo Ian
    y muy significativo este relato completo
    sin dudas recodes una vida , la vida de épocas del hombre
    que se arma sobre la tierra envuelto en su historia propia y cultural
    y de todo aquello atesora ...y lo repite...
    es la historia de esta humanidad donde se repiten una y otra vez sus bemoles
    de ella creemos aprender, pero no es tan así...

    te dejo mi saludo cordial!

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  3. Ian, una historia que atrapa y que nos hace recorrer ese tiempo que el ser humano cruza con la crueldad de los avatares y la benevolencia de las horas, en ese devenir imparable e inelectuable.
    Profundo y magnífico relato.
    Un abrazo hasta Dinamarca

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  4. Ian no voy a decir que sea un bonito cuento para dormir...está bellamente escrito pero es triste y desgarrador...o al menos a mi me lo ha parecido...el ser humano tropezando una y otra vez en la misma piedra...cometiendo los mismos errores...y las mismas atrocidades...ojala tu relato fuera solo un cuento...y no una realidad friccionada...
    hoy grandes nubes negra surcaron el cielo...pero no cayó ni una gota de agua que riegue los campos...aplaque la sed...y lave alguna que otra conciencia... habrá que seguir esperando...
    que tengas una bonita semana...
    un abrazo...
    PD. aprendí la canción de caminito verde... oyéndosela cantar a mi madre mientras cosía...le diré que me la canté el próximo día que este con ella...para volver por un segundo a mi niñez

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